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¿Qué es la Cábala?
En la antigua literatura judaica, la
Cábala o "Tradición" (Qabbalah) era el
cuerpo total de la doctrina religiosa
recibida a excepción del Pentateuco. A
partir del siglo X d.C. se consideró a
la Cábala como ciencia secreta,
misteriosa y teosófica, destinada a
explicar, siempre con lenguaje críptico,
la creación "emanacionista" del Universo
por el Ser definido como "Uno y
Absoluto". Algunos cabalistas, como Pico
della Mirandola, Reuchlin y Schikard,
recogen la antigua tradición según la
cual la Cábala deriva de la inspiración
que Dios insufló sobre Adán, Abraham,
Moisés, Esdrás y todos los que
constituyen el círculo místico de los
últimos Profetas.
Según el Cronicón de Christiano
Adricomio Delfo, Moisés fue el primero
en recibir el mensaje de Dios desde una
faceta mística e intelectual. El
acontecimiento tuvo lugar en el 2.453
a.C, en la cumbre del monte Sinaí. En
aquel lugar le esperaba Dios en el
interior de una nube, con el único fin
de instruirle en la Ciencia de las
Ciencias. Allí, le enseñó un modelo de
cómo construir el Templo, el
Tabernáculo, el Arca, los Altares, la
Mesa, el Candelabro y cuantas cosas
pertenecieran al Templo. De ahí procede
el concepto de que las formas y
proporciones del Templo son inspiradas
por Dios, que llega, incluso, a proponer
el nombre de los artistas o maestros de
la Magna Obra: Befeleel y Ooliab.
En el Berajot (55a), se afirma que
Befelee1 (Besalel), uno de los
constructores, "conocía las
combinaciones de las letras con las que
fueron creados el Cielo y la Tierra".
Para la Cábala, estas letras eran las
que conformaban el Nombre de Dios. No
hay que olvidar que, para la Ciencia de
la Tradición, los nombres encierran en
sí un poder, abarcando, al mismo tiempo,
las leyes secretas y el orden armónico,
que son las premisas conceptuales que
permiten la construcción del templo
arquetipo o divino, receptáculo de la
Presencia de Dios sobre la Tierra. La
Cábala esotérica del siglo XII, en su
doble vertiente mística y profética,
busca así en cada letra de la Torah ese
signo de conocimiento que lleve al
elegido por el camino del saber total.
El Templo-Tabernáculo fue, pues, un
edificio perfecto, diseñado por Dios
mismo, el cual, actuando como Sumo
Arquitecto, reproduce la estructura
armónica que rige el Universo. Así lo
indica E.-L. Boui-Lee, en su
Architecture. Essai sur l'Art, cuando
escribe que la arquitectura es un don
del Creador, estando sus principios
constitutivos basados en la simetría,
que es la imagen del orden y de la
Perfección, símbolo del "'Plan de
Universo". De esta forma, el Orden
genera la perfecta adecuación de las
esferas en el Árbol Cabalístico o "Est
Haim". Se trata, en otras palabras, del
"arte del Creador" del que nos habla San
Agustín.
Siguiendo el pensamiento del
neoclasicismo francés, recopilación, a
su vez, de las tradiciones artísticas de
un Occidente postrero, la simetría se
encuentra regida por la proporción y la
medida. Por ello, como ya apuntaba el
arquitecto Savot, "las simetrías y las
proporciones de un edificio deben ser
imitadas de la del cuerpo humano",
porque el hombre es la imagen de Dios.
De todo ello, los teóricos deducían que
el Templo de Dios debía ser construido a
imagen de Dios; y como Dios es
sabiduría, era preciso que la obra fuera
proyectada con sabiduría e inteligencia,
buscando, por ende, la Belleza en la
armonía (orden) y en la proporción. Para
la Cábala, del equilibrio entre el orden
y la proporción nace "Tiferet", la
Belleza, que es la expresión más sublime
de los atributos morales.
En los primeros siglos de la Diáspora,
tras la total destrucción del Segundo
Templo de Jerusalén (reconstruido por
Zorobabel, príncipe de Judá, y Josué,
sumo sacerdote de Israel) por las tropas
de Tito (70 d.C.), el edificio arquetipo
es evocado de un modo esquemático a
través de unos pocos elementos
simbólicos. En los manuscritos hebreos
se tendía a aceptar la imagen del Templo
como un edificio centralizado inspirado
en la cúpula de la Roca de Jerusalén
(Kubbat-el-Aqsa, 687-691). Así es como
surgen gran parte de las construcciones
templarias. Sus maestros canteros
trazaban los templos a semejanza de un
"Sancta Sanctorum" centralizado de forma
octogonal, reflejo de la Gloria ("Hod",
el octavo sefirá) de Dios, cuya imagen
especular se asienta en la esfera de la
Victoria ("Nezah", la eternidad) o
séptimo sefirá, para constituir la
tercera tríada, llamada Base o
Fundamento ("Yesod") del maestro, cuyo
dígito sagrado es el nueve. De esta
forma, "Yesod" es el "espejo dentro del
espejo". Desde las tres esferas se
alcanza la décima sefirá, el Reino o
"Malkut", el Mundo Material sobre el que
debe asentarse todo edificio espiritual
para que éste perdure hasta el fin de
los tiempos. Si la séptima y octava
sefirá son las piernas del hombre
arquetipo, del Adam Kadmon del
esoterismo de la Cábala, la novena
coincide con el órgano genital; siendo
el dispensador de la semilla o "Zera"
que Dios encerró en nuestro corazón, en
la sexta sefirá, llamada Ornamento y
Belleza ("Tiferet" o esfera donde se
asienta el Trono del Dios Creador, YHVH
ELOHIM), vértice de la tríada que
representa el Mundo Afectivo o Moral.
Sólo a través del nueve es posible
sublimar el alma y retomar la tríada que
simboliza el Mundo Intelectual y, así,
alcanzar, por mediación de "Daat" (de la
no-sefirá, donde reside el Espíritu
Santo o "Ruah ha-Kodesh"), la Corona
("Keter", el número Uno o unión con
Dios), cuyo fundamento es la Sabiduría y
la Inteligencia.
Los dibujos de Maimónides en su
comentario al Middoth pueden
considerarse decisivos para consolidar
la idea del templo longitudinal, con sus
pórticos y capillas interiores. Lo
cierto es que, si bien la
conceptualización del templo cristiano
medieval procede de un mítico
sincretismo en el que se agrupan
tipologías arquitectónicas de muchas
culturas, el fundamento espiritual hay
que buscarlo en los textos bíblicos, en
la Torah o en la descripción que Flavio
Josefo hace del Templo de Jerusalén. De
hecho, todos los planos ideales del
Templo y, por consiguiente, de cualquier
templo cristiano que se han elaborado
desde el siglo XV en adelante coinciden
con el esquema de Maimónides. El
arquitecto elabora su proyecto
superponiendo la "imagen mítica" a la
"imagen científica", prevaleciendo la
esencia en detrimento de la materia; por
ello, los edificios del románico y del
gótico hay que apreciarlos con el
corazón y no verlos con los ojos, porque
a nuestro pobre entendimiento racional
se le escapan gran parte del contenido
ideal y místico que tan propio era de
los maestros constructores de la
Antigüedad. Para aquéllos, la
imaginación contenía en sí la semilla de
la locura, pero, también, de la
creación. El hombre se hacía Dios por la
creación y por la imaginación pero, todo
ello, siempre bajo el estricto control
del juicio alumbrado por la razón.
Hecha ya esta pequeña reseña a modo de
introducción en los conceptos esotéricos
utilizados por los maestros canteros, se
ha pretendido con el presente artículo
acercar al lector al mensaje cabalístico
que se oculta en toda obra simbólica. A
tal fin, se ha escogido una serie de
edificios religiosos de la provincia de
Soria que, por otro lado, no responde a
un objetivo ejemplarizador sino, más
bien, a un interés didáctico en favor de
una visión de las cosas a la luz del
misticismo de la Tradición o cábala.
Aquí, se dan algunas claves para la
interpretación del simbolismo hermético,
dejando al lector el canso abonado para
que experimente con su propia iniciativa
y razón.
San Juan Rabanera
La parroquia de San Juan de Rabanera es
una de las obras religiosas más
interesantes del románico soriano. Su
juego de volúmenes y su expresivo
trabajo de cantería, que confiere al
conjunto un cierto regusto a fortaleza
militar, son, quizás, los elementos
compositivos que más definen su impronta
estética. Fechada a finales del siglo
XII, recoge buena parte de las
tradiciones artísticas de orígenes tan
heterodoxos como el lombardo, el
mudejar, el sirio y el bizantino.
Su orientación hacia el este es común en
todas las iglesias del románico. La
cabecera de la imago mundi apunta hacia
el horizonte del sol naciente, y, en
concreto, hacia la ciudad de Jerusalén,
la Tres Veces Santa, hito geográfico y
religioso, y Axis Mundi donde se alzó el
Templo de Salomón, compendio de todo
saber sagrado y modelo de toda obra
espiritual que exalte los valores de un
Dios Todopoderoso, al cual la Cábala
aspira a conocer. La Tradición acierta
en afirmar que de Oriente aflora el
conocimiento espiritual, origen de todo
cuanto existe en el Mundo de la Acción u
"Olam ha Asiyyah".
Otro de los factores que participan de
modo singular en este edificio, como en
todos los amparados bajo este estilo, es
la Luz. La luz juega un papel
fundamental en el mundo cristiano nacido
bajo el influjo de la orden de Cluny.
Las vidrieras y rosetones tamizan la
luz, la orientan, la fuerzan con
maravillosa sutileza, transformando lo
que es obra terrenal bajo el influjo del
Mal en Corpus Symbolicum. Es, en
definitiva, la contraposición a la
penumbra y a la oscuridad de las
tinieblas; es la Sophia de Dios, su
sabiduría, la segunda emanación y
manifestación de la fuerza divina, la
cual surgió de la oscura "nada" (AYIN).
El rayo de luz dorada que penetra por el
óculo de poniente, nos recuerda la
inalterable presencia de la muerte;
acercándonos a la esencia del místico
(el "hakim libba", el que posee
sabiduría de corazón, pues la semilla de
Dios reside, encerrada bajo una llave de
marfil, en el interior de nuestro
corazón) que busca su comunión con Dios.
Ese es el secreto de la sabiduría
divina, la "asilut" de la Tradición
hebrea.
Más allá de lo estrictamente
arquitectónico, es menester citar lo más
emblemático del esoterismo de San Juan
de Rabanera. Dos son las claves a
desvelar. La piedra de fundación y las
patas de oca que recubren algunas de las
losas de su acera noroeste. En cuanto a
lo primero, y si la observamos de cerca,
apreciaremos una serie de abultamientos
que parecen cerrarse formando un trozo
de corona o sector de círculo; y, sobre
ellos, en un extremo que busca la arista
vertical del bloque que apea el
contrafuerte, una silueta que se
aproxima a una "X" con los brazos
ligeramente curvados, como si se tratara
de un esbelto y primitivo aleph. La
consonante hebrea aleph es la inicial de
la palabra "Anojí" (Yo), primera
palabra, a su vez, del Primer
Mandamiento ("Yo soy el Señor, tu
Dios"). Por lo tanto, esta aleph
constituye el elemento del que proviene
cualquier sonido articulado; es la raíz
espiritual de todas las demás letras,
que contienen en su esencia todo el
alfabeto, formando la imagen mística de
la divinidad. Las letras son, para la
Cábala, aspectos de la fuerza creadora
de Dios (del Sefer ha-Temurá, anónimo
del 1250); luego, él aleph es la piedra
fundamental (San Pedro) sobre la que se
asienta la. Iglesia.
El origen de esta piedra tallada es
incierto. Quizás formara parte de un
capitel arrancado a un edificio anterior
que tuviera la suficiente entidad
simbólica para ser considerado como
piedra fudacional de una iglesia
cristiana, ya que su localización, el
extremo más noreste del edificio, se
corresponde con la Tradición. El
misterio es insondable, pero, lo más
significativo es esa marca, ese logo,
esa primera letra del alfabeto hebreo,
cuyo significado cabalístico es el
primer nombre de Dios, el "Eheieh" o la
Divina Esencia, el "Ehad" o Uno
pitagórico, génesis de todo lo sucesivo
y contingente. Es, sin duda, una piedra
mágica capaz de eternizar la obra de un
maestro iniciado en el Arte Real.
En cuanto a la pata de oca, poco hay que
añadir a lo mucho escrito y hablado
sobre su significado. Pero una cosa es
cierta: su talla no fue ejecutada para
ser solado, sino muro de obra (al
parecer de la iglesia románica de San
Nicolás), que nos recuerda que
peregrinamos por uno de los caminos que
conducen a Santiago de Compostela.
El Salvador
Algo más al oeste, hacia esa luz dorada
que transmuta en oro místico todos los
hastiales de poniente, se alza la
parroquia de El Salvador. Obra que, en
el 1169, fue donada a la Orden de
Calatrava, y que, en época reciente, ha
sido reconstruida en un estilo tan
brutalista que hace palidecer al modesto
y rural románico de su cabecera. De ella
sólo merece resaltar, que no es poco, la
banda ajedrezada que se sitúa sobre los
canecillos, a modo de soporte
constructivo y decorativo del alero.
Esta decoración, surgida por la maestría
de los canteros que levantaron la
Catedral de Jaca (Huesca, siglo XI),
consiste en una cenefa de piedra tallada
con tres hileras, en perfecto paralelo,
de minúsculos almohadillones
intercalados con vacíos, y que,
teóricamente, puede extenderse hasta el
infinito manteniendo inalterable el
mismo esquema. Para el hermetismo
simboliza el "camino de perfección" al
que todo peregrino debía acomodarse si
aspiraba a una iniciación tutelada por
el Gran Arquitecto. De ahí que gran
número de construcciones religiosas del
Camino de Santiago resalten su
calificativo de hito espiritual con la
presencia de esta peculiar decoración.
Existen varios ejemplos en la provincia
de Soria (el campanario de la iglesia de
Santo Domingo, en Soria; la cinta que
limita la portada de la parroquial de
Osona; etc.). Todo ello parece confirmar
la existencia de un ramal del camino
iniciático por excelencia. Algunos
escritos apuntan al priorato templario
de Tortosa y al castillo de Culla, en el
Maestrazgo, como uno de los posibles
arranques de esta ruta peregrina que,
tras bordear el Ebro y adentrarse en
alguna encomienda templaria turolense,
llegaría hasta Zaragoza, donde se
reorientaría hacia poniente, uniendo las
poblaciones de Tarragona, Ágreda, Soria,
Calatañazor, Osma, Ucero, Silos y
Burgos, donde abrazaría el trazado
oficial, recopilado por Aimerico Picaud
en el Codex Calixtinus o Liber Sancti
Jacobi (siglo XII).
La Cábala interpreta la banda ajedrezada
como si se tratara da la Torah escrita y
desenrollada, plasmación del Árbol de la
Vida. Los espacios en blanco de la Torah
son letras invisibles (rabí Leví Isaac
de Berdichev), al igual que los vacíos
entre almohadillones, que son las
letras: son el secreto de la Sabiduría
Divina ("asilut").
San Bartolomé de
Ucero
Uno de los nombres citados más arriba,
Ucero, es una pequeña población a
orillas del río homónimo, cuyo castillo,
hoy en ruinas, perteneció a la orden del
Temple. Dejado atrás el casco urbano,
camino hacia el Norte, llegamos a la
Galiana, una muralla natural que cierra
la frondosa vega que abarca hasta el
Duero. Allí, el río Lobos se une al
Ucero. El Ardal, con sus 1216 metros, es
el pico más alto del lugar que fue
asentamiento prehistórico y depositario
de ancestrales ritos mágicos y
teúrgicos. Allí, escondida en un enorme
tajo calcáreo, está la ventana por donde
se dice pasó el Diablo en su envoltura
de Dragón y las huellas de las
herraduras del caballo de Santiago
Apóstol cuando saltó al vacío; leyenda,
ésta, muy próxima a aquella otra en la
que se hacía referencia a las marcas que
dejó otro milagroso equino cuando elevó
a mahem hasta los Cielos desde la roca
meteorítica que se conserva bajo la
mezquita de la Roca, en el solado sobre
el que se asentó el Templo de Salomón.
Donde el cañón se hace más amplio, se
asienta la ermita de San Bartolomé
(Bartolo o Nathanael), que otrora fuera
de san Juan del Otero, cuando formaba
parte de un cenobio adscrito a las
potencias de la Orden del Temple. La
fundación de esta equilibrada y bien
proporcionada construcción se ha fechado
en el primer tercio del siglo XIII. San
Juan el Bautista, en verano, y san Juan
el Evangelista, en invierno, fueron los
patronos de Templarios y Hospitalarios.
Ambos santos perpetúan las fiestas del
viejo culto a la fertilidad,
escenificadas durante los solsticios de
verano e invierno, y protegen, desde el
aspecto iniciático y esotérico, el
cuerpo de Cristo, haciendo suya la
tradición gnóstica y pagana de las
culturas semitas. San Juan el
Evangelista adquirió así el rol de
principio espiritual que confiere
vitalidad al mensaje de Cristo.
Por otro lado, la palabra "otero" que en
la actualidad define a un cerro aislado
o tozal que domina un llano, procede del
latín "altarium", altar, quizás como
referencia a alguna de las formas
rocosas que bien pudo cumplir con ese
cometido.
En cuanto al edificio, propio de un
románico cisterciense, antesala ya del
ojival, cabe mencionar su perfección y
simplicidad; características
significativas de una obra iniciática.
Son muchos los elementos que descubren
sus claves esotéricas: el ligero
despunte que se perfila en la archivolta
más externa de su portada; el misterioso
tallado de sus canecillos, lazo de unión
entre lo divino y lo terrestre,
paradigma de las creencias Medievales,
en donde lo bíblico y lo profano se
entrelaza en insolente promiscuidad; la
gran cantidad de signos canteros,
lapidarios y mágicos que recubren sus
lienzos, resaltando, por su
significación hermética, los triángulos
invertidos que se localizan en los muros
de la capilla meridional o las flechas y
tenazas de hierro grabadas en las jambas
y dobelas de la puerta del septentrión
("Hay en Dios un principio denominado
mal o "Tohu" que se encuentra al Norte
de Dios, ya que está escrito: A partir
del Norte se abre el mal"; Jeremías
1,14); y, en especial, el trazado de la
celosía de los óculos que perforan los
hastíales del crucero.
Los óculos, de tres archivoltas
decoradas con puntas de diamante y
esferas, son muy abocinados, y presentan
en su centro una celosía de trazo único,
formada por una estrella de cinco puntas
inscrita en un perfil circular,
lobulado. Es el quinario invertido o
símbolo de Baphomet, el dios del
sincretismo pagano identificado con
Serapis de Alejandría (del caldeo
"Sar-Apsî", Osiris-Apis), cuyo culto
sintetizaba la vieja fe de los faraones
y los misterios griegos. En el 391 d.C.,
el patriarca Teófilo incendió el
Serapeum de Alejandría, dando él mismo
el primer hachazo a la colosal estatua
del dios objeto de la supersticiosa
veneración, abatiendo de este modo, dice
Rufino (II,24), "la propia cabeza de la
idolatría ("caput ipsum idolatriae")".
El quinario invertido encierra
simbólicamente la cabeza de un carnero,
animal asociado al dios egipcio Chnum o
Khnum (Khonumu), "el alfarero" que
modeló al hombre a su imagen y
semejanza". En el Tarot de Marsella es
el número 15 ("Le Diable"). Para la
Cábala representa el fuego y la
fecundación germinal identificada con
Osiris, Attis, Orfeo y Dionisos, el
dios-planta de la simbología románica.
Las palabras hebreas que corresponden a
las tres primeras de las que dijo
Abraham a Isaac en el acto de
sacrificarle: "Deus providebit sibi
victimam holocausti, fili mi" (Génesis
22,8), empiezan por Aleph, Yod, Lamed,
que unidas formarán la voz hebrea "ail",
que significa "carnero", y en efecto, el
carnero se halla indicado en el
versículo 13, cuyo guarismo simboliza la
Muerte, el Cuarto Logos, el alma en la
Escuela Pitagórica, representada en el
hermetismo por un cuadrado, aludiendo a
la lucha entre la Destrucción y la
Creación. Si sumamos sus letras Aleph
(1) y Lamed (30) -recordemos que en el
alfabeto hebreo cada letra tiene un
valor numérico equivalente- se obtiene
el número 31; que, en la Cábala, debe
interpretarse como la energía única
originaria que se estabiliza en las
Aguas Primordiales, génesis de la
Creación por emanación divina (este es
el quinario derecho). Si invertimos las
letras (la inversión del alfabeto
repercute de forma destructora, tal como
afirma Abraham Galante, circa 1570, en
su comentario al Sefer ha-Zohar, el
Zahoré HamTá), el Maligno hace suya la
palabra; y, ahora, es Lamed y Aleph, y
su valor, también especular, el 13, la
Muerte. La letra Yod no participa de la
operación de "gematría" ya que es por su
ministerio que los seres humanos reciben
la inteligencia, la influencia activa y
el conocimiento de las cosas divinas: es
la llave del Tetragrama.
Viendo esta obra, no cabe duda de que la
belleza depende de tres cosas: de la
integridad o perfección, de la justa
proporción, y, de la claridad y la luz.
Estas son las tres columnas sobre las
que se sustenta el verdadero misterio
del constructor iniciado, los tres
pilares del Árbol Sefirótico.
La Soledad, en
Calatañazor
En la noble villa de Calatañazor, la
antigua Voluce de los arevacos, se alza
la ermita de Nuestra Señora de la
Soledad. Merece ser apuntada en este
breve caminar por el esoterismo soriano
debido a dos interesantes vestigios del
románico del siglo XII: el tallado y
perfilado de los canecillos que rejmatan
la cabecera del templo y la escultura
que ocupa la hornacina del paño noreste.
Los canecillos son de una rara
perfección. Se distribuyen según un
orden ajeno a nuestro entendimiento,
pero que, a buen seguro, responde a un
sentido cultural trascendente. De todos
ellos, cuatro conforman un elemento
compositivo único, una frase conceptual,
que solo puede leerse si se pone en
relación con la figura de la hornacina,
ubicada ésta entre las dos centrales. La
serie, que parte del saliente formado
por el muro del presbiterio y termina en
la primera pilastra del ábside, se
compone de una cabeza animal de ojos
salientes y mandíbula plana, el león o
san Marcos; un buey, o san Lucas; un
águila, a la que desgraciadamente le
falta la cabeza, simbolizando a san
Juan; y, una serpiente enroscada con la
cabeza apuntando al cielo,
representación del hombre pecador que
mira al Cielo en busca de su salvación
eterna, o san Mateo. Y, en su centro,
embutida en una estrecha hornacina, una
figura humana con un libro cerrado entre
sus manos o, según otros autores, con
algo parecido a un instrumento musical.
No cabe duda de que estamos en presencia
de un Pantocrator atípico o Cristo
Majestad "profano" rodeado de sus cuatro
Evangelistas. Estos son el reflejo
hermético de los cuatro elementos
primordiales (la tierra o constelación
de Tauro, san Lucas; el agua o
constelación del Águila, san Juan; el
fuego o constelación de Leo, san Marcos;
y, el aire o constelación de Escorpio,
bajo su forma bíblica de serpiente, el
hombre pecador o san Mateo) o los cuatro
niveles del universo cabalístico. En la
Tradición hebrea, el toro hace
referencia al nivel terrestre del Mundo
Natural de la Acción (Olam ha-Asiyyah);
el águila es el símbolo de la Creación
cósmica (Olam ha-Beriah); el león es el
fuego del corazón y del mundo de la
Formación (Olam ha-Yetzirah); y, la
forma humana es Adam Kadmon, el dominio
del Mundo de la Emanación (Olam
ha-Atsiluth). A los cuatro Mundos los
cabalistas añaden un quinto nivel, el
reino de los Kelippot o conchas, más
conocido como el Infierno. Este lado
oscuro de la existencia tiene siete
niveles de sufrimiento o impureza, en
oposición a las siete puertas de la
comprensión.
El significado de esta obra es complejo,
pero, quizás, el constructor aventajado
sólo pretendía perpetuar su particular
concepto del macrocosmos que, coro todo
sustrato filosófico de la Antigüedad,
debía reinterpretarse en el microcosms,
identificado con el hombre, como
conciencia, espíritu, alma y cuerpo.
En lo que concierne a la figura sedente
allí representada, no es otro que
Cristo, el vencedor de la muerte e
iniciado en los más ocultos misterios
del cuerpo y del alma. El volumen que
retiene sin abrir es el legendario Libro
del Arcángel Raziel, donde se pone por
escrito todo el conocimiento celestial y
terrenal. Se dice que este libro pasó a
manos de Adán y, de él, a Enoc; después
fue entregado a Noé, quien construyó al
Arca basándose en la información que
halló en sus paginas. A partir de
entonces, su rastro se pierde tras
significarse brevemente son Salomón,
responsable de la construcción del que
otrora fue el "reflejo, hecho obra, de
la Gloria de Dios sobre la Tierra". Es,
por lo tanto, el Libro del Gran
Arquitecto de Todas las Cosas, tal como
queda recogido en la Biblia del siglo
XIII llamada de san Luís (Biblioteca de
la Catedral de Toledo). Es el "Corpus"
de la Arquitectura Sagrada que todo
iniciado debía conocer y dominar tras
alcanzar su maestría en el Arte Real.
San Juan de Duero
Volviendo a la ciudad de Soria, no
podemos dejar de significar la gran
influencia que ejercieron, sobre la
tierra y el espíritu, las ordenes
Militares, desde que Alfonso I el
Batallador prestara su apoyo
incondicional a las mismas, hacia el
1119, para ejecutar su proyecto de
repoblación.
Los Hospitalarios de San Juan de Acre,
orden fundada bajo carta del Beato
Gerardo (Jerusalén, 1104), ejercieron
funciones de protección espiritual y de
hospedaje al peregrino. Los Caballeros
del Temple ("Templarii milites, frates
templi, pauperes commnilitones Christi
templique salomonici"), acataron las
reglas fundacionales de Juan
Michaelensis, monje de plena confianza
del abad y fundador del Císter, Bernardo
de Clairvaux. Ambas Ordenes luchaban por
ideales distintos, bajo un mismo Señor,
el Papa, coincidiendo en que el cuerpo
no es del todo controlable por el bien.
Los Hospitalarios se asentaron en el
cenobio de San Juan de Duero, limítrofe
al oeste por el río y al este por el
Monte de las Animas, maravilloso
exponente de claustro que sincretiza los
conceptos artísticos emanados de las
tres religiones que florecieron en
Soria: la cristiana, la judía y la
musulmana.
El cristiano del románico estaba
convencido de que las cosas formaban un
sistema unitario y, por consiguiente,
dependientes en su totalidad de la
acción creadora que las sostiene. "De
Dios surge por emanación todo lo
existente y lo no existente, porque la
Creación es única e indivisible". Cada
modificación de una cosa se refleja, por
ende, sobre todas las otras y sobre el
conjunto del Universo. El hombre que
doblegó los siglos XII y XIII se había
familiarizado con las cosas, desde su
vocación intelectual y filosófica, y no
reconocía ningún límite a su libertad
para explorar o combinar; en definitiva,
participaba de las enseñanzas esotéricas
de la Cábala aún sin saberlo. No hay que
olvidar que el gran movimiento místico-
hebraico acontecido entre los años 1250
y 1305, tuvo una extraordinaria
vitalidad en Burgos, Toledo, Gerona,
Ávila y Soria (véase a este respecto
"Judíos cabalistas sorianos" y "Del
Talmud a la Cábala", de Ángel Almazán de
Gracia, en Soria 7 Días, 21de mayo y 4
de junio de 1994).
En el interior del templo, dos
baldaquinos propios del ritual griego de
Jerusalén, cada uno conteniendo un altar
y buenos ejemplos de talla bíblica con
arranques de paganismo, se apoyan en el
muro de cabecera, justo antes del arco
triunfal, remarcando la simetría y
reforzando visualmente la rotundidad del
espacio, frío y espartano, destinado a
fortalecer el espíritu. Parece ser que,
entre los dos edículos, se corría un
velo para convertir en "iconostasio" la
capilla absidal. En su interior, en el
Sancta Sanctorum, se custodiaba el
receptáculo de Dios, un símil del Arca
de la Alianza, que recibía la primera
luz de la mañana o Espíritu Insuflador
de Vida. Esta distribución es propia de
-las tradiciones que dieron forma a los
templos de Siria, Fenicia y Nabatea. En
estos centros de culto, la "cella" tenía
un área restringida o "adyton" a la que
no podía acceder ni los fieles ni todos
los sacerdotes. El centro de la "cella" era ocupado por un estrado, en torno al
cual se instalaban los betilos de los
dioses.
En las proximidades se asienta lo que
fue monasterio de la Templi militia, San
Polo, actual propiedad privada. Su
fundación cabe fecharla en el primer
tercio del, siglo XIII, casi un siglo
después de la constitución de la Orden
sobre los cimientos del Templo del Rey
Salomón, en Jerusalén.
Lo poco que aún resta en pie es una
magnífica semblanza del paisajismo
foráneo. Vale la pena visitarlo por los
buenos ejemplos de estelas funerarias de
su campo sur y por ser antesala del
templo-gruta de San Saturio, enigmático
eremita muy próximo al misticismo
priscilianista.
Santa María de
Huerta
Durante el siglo XII, un maestro
constructor de origen franco, llamado
Fruchel, se avaló como responsable, en
calidad de director de obra, de la
introducción del gótico en la ciudad de
Ávila. Su huella iniciática quedó
impresa en la cabecera de la Catedral,
bajo la advocación de El Salvador
(1181), y en la iglesia de San Vicente,
en cuya cripta reposan las reliquias del
santo patrón y las de las hermanas
Sabina y Cristeta. En 1179, y coro
patrocinado del rey Alfonso VIII el
Bueno, se le encomendó el proyecto del
cenobio de Santa María de Huerta.
Las tallas de esta obra, regada por las
aguas del Jalón, son excelentes; siendo
el refectorio de monjes el ejemplar más
insigne del Císter peninsular. Esta
sala, espléndidamente iluminada por una
celosía de exquisito trazado gótico,
mide 34,15 metros de largo por 9,65
metros de ancho y 15 metros de alto,
encerrando el volumen de aire
equivalente a quinientas (500) veces el
número Pi elevado al cuadrado; sabiendo
que para los maestros constructores del
ojival, el número Pi se obtenía de
dividir veintidós por siete. El número
500, desde el ámbito del conocimiento de
la Cábala, era expresión de la suma de
las letras hebreas "Resh" (200) y "Shin"
(300). "Resh" significa "la cabeza del
hombre", y se asocia al nombre divino
"Rodeh", el Emperador; que es,
precisamente, el seudónimo del rey
Alfonso VIII, promotor en 1144 (55 años
antes del fallecimiento de Ricardo
Corazón de León) de la fundación del
cenobio. "Shin", por su parte, significa
"diente" o "flecha", estando emparentado
con el nombre divino "Shadai", el Bueno
y Omnipotente; haciendo alusión al rey
Alfonso VIII, cuyo apelativo era "El
Bueno". Quizás, el maestro constructor
asoció esas dos expresiones divinas con
el único objeto de referirse a Dios como
"Supremo Salvador" y Gran Arquitecto de
todo lo visible e invisible.
San Baudelio, en
Casillas de Berlanga
Una de las joyas más desconocidas de
Soria es, sin duda, la ermita de San
Baudelio, en Casillas de Berlanga. La
construcción, con aspecto de casamata
visigótica decorada con arte andalusí,
obra ejemplar de la primera decena del
siglo XI que pasa por ser el monumento
mozárabe más tardío que se ha conservado
hasta nuestros días, se alza en las
estribaciones de una sierra situada a la
diestra de la vega de El Escalote, valle
hoy descarnado e inhóspito y que hasta
el siglo pasado perduró bajo la sombra
de los robles, a escasos ocho kilómetros
de la villa de Berlanga (Augusta
Valeranica).
El edificio está recogido en el Liber
Privilegiorum como "monasterio", a
semejanza de los pequeños cenobios
bizantinos que tapizan el Monte Athos.
Todo indica que en su construcción fue
utilizado el codo de base de 49
centímetros, que es, como apunta don
Juan Zozaya, una medida de transición
entre el codo califal o cordobés de 51
centímetros y el "ma'amuni"
característico de almorávides y
almohades. Por otro lado, si en el Real
Monasterio de Santa María de Huerta se
proyecta el refectorio de los monjes en
función del número Pi, en la ermita de
San Baudelio se diseñan los volúmenes
bajo la tiranía de la proporción áurea o
número Phi.
El elemento más representativo del
edificio es el pilar central, que con
sus ocho nervaduras de traza andalusí,
simboliza la palmera ("tamar"), Árbol
del Justo ("tzakik", en árabe) o Árbol
de la Vida (el "Ets Haim" hebreo) por el
que pasa el Axis Mundi; concepto
metafísico que idealiza la construcción
y la transforma en vínculo entre la
Tierra y el Cielo. Es la Escalera de
Jacob por la que se asciende hasta el
Trono de Gracia, símbolo de la ascensión
espiritual. Sus raíces, como afirma la
Cábala, es la "Yod" hebrea o "punto en
el corazón". Según la Tradición, el Uno
Santo, el Misterioso Desconocido, grabó
en un nicho oculto un punto. En ese
"punto" encerró toda la Creación bajo
llave. Y la llave vale, por lo tanto,
como toda la riqueza acumulada en el
Palacio, porque es la llave que lo abre
y la llave que lo cierra. En ese Palacio
(Elohim), al que se penetra por las
cincuenta puertas místicas, se ocultan
los más grandes misterios. Cuarenta y
nueve de estas puertas están en sus
lados, pero la restante, "la
misteriosa", nadie sabe donde está. En
el Palacio se consume la unión entre la
Voluntad Suprema y la buena voluntad de
los hombres.
Sólo el místico reconoce la semilla o
"Zera" de lirio (es la flor de los dos
colores, rojo y blanco, y de los seis
pétalos) que perdura en el interior del
Arca, cuya cerradura sólo es abierta por
la llave que abre la puerta
"misteriosa".
Pero, para comprender el misterio, "Bereschit", que significa "En el
comienzo", pues es la primera palabra
del Génesis, debe ser interpretada como
"con sabiduría", porque con sabiduría se
encuentra la llave, que es la clave de
todo el misterio; y, la Cábala llama a
la sabiduría el Padre, porque es el
origen primordial sin el cual no habría
comienzo. La inteligencia es la Madre.
La Luz (wr) y el Misterio o "raz" (rz)
son una y la misma cosa, ya que ambas
palabras hebreas tienen el mismo valor
numérico, 207. Así, la palabra
"Bereschit" puede ser leída
"Bará-Schit", "El creó seis". De esta
forma, cuando el punto ("Yod") y el
Templo (el corazón, receptáculo de la
semilla que inflama el Espíritu Santo en
el principio de los tiempos) fueron
establecidos con fuerza, "Ber-eschit"
combinó el Comienzo supremo con la
Sabiduría. De la Sabiduría surge la
esencia de las almas por conducto de los
treinta y dos senderos de perfección
(los diez "sefirot" y las veintidós
letras del alfabeto hebreo). En el Bahir
(anónimo del 1180) se afirma que el
Árbol de Dios, que es el árbol de los
mundos, es, al mismo tiempo, el árbol de
las almas. "Todas las fuerzas de Dios se
hallan (superpuestas) unas a otras y se
asemejan a un árbol: así como el árbol
produce sus frutos a causa del agua,
igualmente Dios acrece por medio del
agua las fuerzas del árbol". Recordemos
que la fuente o el pozo y el árbol
(ciprés) son elementos constantes en los
jardines claustrales de la Orden de
Cluny.
La palmera es un Árbol de la Vida
(Isaías identifica la "santa semilla"
con el tronco de este árbol; siendo,
para la Cábala, símbolo de la Torah
escrita) para quienes se apoyan en
ella", se escribe en el Sefer ha-Zohar;
y permite, eventualmente, volver a
recuperar el "cuerpo de luz", es decir,
la naturaleza divina del Adan Kadmon u
hombre primordial, y penetrar en el
interior de sí mismo. "El justo
florecerá como la palma..." (Salmo
92,13). "El justo es el fundamento del
mundo" (Proverbios 10,25). De ahí que el
justo se identifique con la sefirá
Fundamento. El Bahir sentencia: "La
palmera simboliza, la columna vertebral
del hombre, su pilar esencial", que une
"Malkut" o el Reino -(el número 10, el
Mundo de la Acción u Olam ha-Asiyyah),
con "Kéter" o la Corona (el número 1,
donde reside la esencia del Mundo de la
Emanación u Olam ha-Atsiluth), y, desde
ella, se abraza el "Horizonte de
Eternidad" (Ain Soph) o Universo de las
Ideas Puras. El primer sefirá es
"Kéter", la cabeza suprema desde donde
emana toda iluminación y las veintidós
letras sagradas del alfabeto cabalístico
que conforman el Verbo. Junto con la
Sabiduría y la Inteligencia forman una
trinidad inseparable llamada "Arik
Anpin", el Gran Rostro. Los nueve
sefirot restantes forman el Palacio, el
"cuerpo cerrado" con sus analogías en el
Cielo, en la Tierra y en el Hombre. Los
diez sefirot constituyen el Árbol.
Es de suponer que alguna reliquia de san
Baudelio esté enterrada bajo el pilar
central, como semilla o 'Zera" divina
que insufla la Luz ígnea al iniciado que
medita en el interior del ostensorio, y
abrir así el único santuario (el corazón
o "leb"), al que lbn al Arabî, insigne
pensador sufí, califica de "lugar de
manifestación del Nombre y el Nombrado".
Para la Cábala, el nombre de Dios es la
suprema concentración de la potencia
divina. "El corazón es el Tabernáculo
("raisk-at") del Misterio ("sirr")
divino del hombre". Es el Templo
simbólico e " intelectual de Salomón, el
Tercer Templo. Si esto fuera así, la
ermita sería un "martirium" simbólico
del santo y relicario de sus restos.
Ocho son los ramos de palmera, ocho sus
nervios, número sagrado que se relaciona
con el octavo sefirá, "Hod" (Gloria),
símbolo de la redención, pero también de
los ángeles que portan el Trono de Dios
en la escatología cristiana y musulmana.
La palmera es el "betilo sagrado" del
que irradian los brazos protectores bajo
los que se extiende el Paraiso. Sólo los
iniciados conocen la Luz, la "Shu"
hebrea, que les permite ver la Suprema
Conciencia o sumo conocimiento que
conduce a la sublimación hermética. En
el fondo, se adivina un sufismo herético
reinterpretado bajo el crisol mozárabe,
que, con progresivo y ágil canúnar, va
aproximándose a los fundamentos del
cristianismo occidental (para una
interpretación hermética, griálica y
sufí de la ermita de San Baudelio, véase
"La enigmática ermita de San Baudelio",
de Ángel Almazán de Gracia (Diario de
Soria, 26 de agosto y 1 de septiembre de
1995) y las páginas 68-74 de su libro
Por tierras de Soria, la Rioja y
Guadalajara).
Respecto a san Baudelio (Baudel,
Baudilio, Boi), se sabe que sufrió
martirio en Nunes en tiempos del
neoplatónico Juliano el Apóstata,
331-363 d.C., siendo sepultado en esta
misma ciudad. Según todos los
testimonios que se conservan, fue
martirizado por predicar la fe
evangélica a los ciudadanos, que
celebraban las fiestas natalicias
(gonales) de Júpiter en una floresta o
bosque sagrado. En los mismos faustos,
los druidas ofrecían sus sacrificios con
exposición de ídolos y ritos cruentos.
De aquí que en sus imágenes se le pinte
o esculpa bajo una "palmera" y un
"segur", símbolos de su martirio. Se
cuenta que de su cabeza, como la de san
Pablo (Saul de Tarsus), dio tres saltos
separados del tronco, a cuyo contacto la
tierra se abrió dando salida a tres
fuentes, símbolo de las tres ramas o
"columnas" del Mundo de los Sefirot: la
Gracia, la Justicia y el Amor
compensador. El agua que brota de las
fuentes es el que procede de Dios, es
decir, la "Hojma" o Sabiduría; y, los
frutos del árbol regado con ella son las
almas de los justos.
Otro de los elementos a resaltar,
siempre desde esta particular visión, es
la gruta eremítica dispuesta bajo el
último tramo del coro. Su ocupación se
remonta al período visigótico. Es en ese
antro consagrado a la Virgen del Mundo
(la Sophia rosacruz. o la Isis "Koré
Kosmú") donde se esconde la serpiente
("nahash") de bronce o el "ophicmorpus"
gnóstico, donde el hombre adquiere
conciencia de su existencia animal, todo
ello dentro de un proceso ritual de
"Katabasis" o descensos ad infernos que
inicia el neófito, para, finalmente,
ascender en mística epifanía a las
alturas del ostensorio; y, allí, en una
reducción al absurdo, alcanzar su
esencia espiritual y su unión con Dios.
Esta es una "muerte iniciática", en
donde no resulta difícil descifrar sus
relaciones con el ritmo de la vegetación
y, en general, con el ciclo eterno de la
vida, la muerte y el renacer.
En cuanto a las pinturas, poco hay que
añadir. Por desgracia, el expolio ha
destruido gran parte del tesoro
simbólico de San Baudelio.
Hermenéutica
sagrada
Llegados a este punto, bien merece
reseñar la importancia de los pensadores
hebreos en la Soria alto medieval. Por
aquellos siglos, la aljama que se
extendía por las laderas del Castillo
había jugado un papel preponderante en
el desarrollo industrial, comercial y
cultural de la ciudad. Uno de los
ejemplos más significativos de esta
última vertiente es la Escuela de
"iluminadores de códices", que estuvo
activa durante todo el siglo XIII y
principios del XIV. En 1428, Rabí Josef
Albo, nacido en la villa de Monreal y
estudiante con Hasdai Crescas, escribió
en los "intramuros" de Soria uno de los
opúsculos más importantes de la Cábala
mística, el "Sefer Iqqarim" o Libro de
los Principios Fundamentales, del que se
conocen hasta diez ediciones. Otros
próceres ignorados fueron los hermanos
Isaac y Ya'acob ben Ya'acob Kohén de
Soria, eminentes cabalistas, el segundo
de los cuales escribió un tratado sobre
las consecuencias teológicas del
alfabeto hebreo y su interpretación a la
luz de la "Voz Divina". Para la Cábala y
la Torah Dios ha otorgado a las letras
poder creador.
Todos estos autores han participado de
una misma doctrina, la iniciada por
Semeón bar Jochai, que puede ser
resumida en dos ideas capitales: el
poder realizador de la plegaria
desinteresada y la superioridad del
estudio sobre las demás actividades
humanas. Esto coincide con lo recogido
en el Talmud, el Midrash y la Cábala,
los tres pilares de la religión hebrea,
junto con la Torah y la Biblia,
fundamento de todo lo existente. Los
cabalistas someten a la Biblia a tres
métodos de interpretación (literal,
alegórico y metafísico) para abrir las
siete puertas de la Comprensión: las de
la acción cotidiana, sentimiento,
pensamiento, despertar interior,
conciencia del alma y conciencia
espiritual. El conocimiento consecutivo
de ellas conduce a la Divina Presencia
(Shejinah o Sejiná) o Faz de Dios. Los
Templarios, amalgamando los conceptos
cabalísticos, priscilianistas, gnósticos
y paganos, ya sean éstos de procedencia
helénica o semita, llegan a la misma
conclusión, afirmando que se necesita
saber sobre las tinieblas para desear
con más ímpetu la luz del Señor ("ut
intellegentes tenebras desideremus lucem
domini"). De ello se deduce que,
estudian las Escrituras con el único fin
de entender la profundidad de Satanás.
Ermita de La
Soledad, en Soria
Próxima a la parroquia del Salvador,
asentada en la que fue Dehesa de San
Andrés y actual Alameda de Cervantes, en
la ciudad de Soria, se asienta la ermita
humilladero de Nuestra Señora de la
Soledad. En este templo minimalista
construido por encargo de la Cofradía de
la Vera-Cruz (Institución religiosa que
custodia una de las muchas reliquias que
trajo la orden del Temple de la
"verdadera" Cruz en la que fue
crucificado Cristo; de ahí su título de
Vera-Cruz), se combaten a los demonios
ancestrales, a los espíritus elementales
de la materia que se ocultan detrás de
cada esquina, y que son aplacados por la
acción purificadora y redentora de la
Cruz. La ermita, como todo humilladero
bajo la -advocación de la Soledad,
simboliza al Monte Calvario, donde según
los talmudistas fue enterrado el cráneo
de Adán, y, donde fue muerto Cristo o
Joshua ben Miriam de Nazareth. Así nos
lo recuerdan las tres tallas que se
guardan en su interior: el Cristo
crucificado, el Cristo yacente y la
Piedad, símbolo del dolor del hombre por
el Hombre. El humilladero es un lugar
que recuerda la muerte de la carne antes
de su resurrección, de ahí la oscura
penumbra que abraza sus piedras góticas
y renacentistas; por esa razón, solían
ubicarse extramuros, en una soledad que
facilitaba el recogimiento espiritual y
la intimidad con nuestro propio ser,
atormentado por la futilidad de la vida
terrena y deseoso de alcanzar la unión
mística con el Creador.
Catedral de San
Pedro, en Soria
En cuanto a la Catedral de San Pedro,
cuya fecha de fundación podría
remontarse, por lo llenos, al año 777
(según la inscripción tallada en la
capilla de Nuestra Señora del Azogue),
cabe resaltar la amplitud de sus tres
naves y las hornacinas que se ubican
entre los contrafuertes y que equivalen
a otras dos. Estas naves, de cinco
tramos separados por fajones levemente
apuntados, están formadas por cuatro
órdenes de robustas columnas dóricas con
capiteles y equino cilíndrico. Si para
Jean Martín, en 1547, el orden dórico se
asociaba con la definición de fuerza
personificada por Atlas y por Hércules,
otros arquitectos de la época
lo-referían a los conceptos de macizo y
solidez; es decir, a los principios
generadores de la "euritmia" o buena
conveniencia de las partes de un
edificio.
En relación a su magnífico claustro,
fechado en su primera galería en 1152,
bajo la influencia de los estilos de
Poitou, Saintonge y Silos, cabe apuntar
el poco uso de temas bíblicos. Las
escenas alegóricas e historiadas son
frecuentes en San Pedro, pero están
ausentes en las arcadas bajas de Santo
Domingo de Silos (1088-1150). Asimismo,
los capiteles de San Pedro recogen una
amplia colección de monstruos, dragones
y bestias fantásticas, emblemas del
pecado y de los bajos instintos, seres
infernales por excelencia que simbolizan
al Maligno, todo ello de regusto
oriental reinterpretado por el fino
tamiz del Císter.
Resaltamos, por su indudable valor
simbólico, el segundo capitel de la
galería norte. En tres de sus cuatro
caras son representados animales
fantásticos: dos leones de tipo
islámico, opuestos por detrás, y sendos
grifos silenses de ideal gnóstico, el
uno con las alas para arriba y, el otro,
para abajo. En la faz que resta, un
centauro, armado con arco y vestido con
camisa, cazando a un ciervo, y a un
hombre tocando el olifante y acompañado
de un perro. El ciervo representa el
alma pura del justo ("tzakik"); el
centauro que lanza su flecha simboliza
al Maligno atacando las almas de los
inocentes. Cuando el centauro dispara
contra las arpías, símbolo del pecado de
seducción, adquiere un significado
opuesto; es decir, representa el
instinto dominado por la luz de la
razón. El perro recoge aquí la tradición
pagana del dios-chacal Anubis, que era
quien guiaba a los maestros de los
Misterios egipcios al Submundo, siendo
posteriormente identificado con el
Hermes griego (El Ermitaño, IX Arcano
Mayor del Tarot), el patrón de la magia,
la teurgia y las ciencias ocultas. Éste
dios fue acogido, en parte, por el
cristianismo, el cual modeló el ideal
del Buen Pastor a partir del Hermes
Crioforo, el que lleva un cordero sobre
sus hombros.
En el capitel interior del pilar
siguiente se representa a la lujuria
utilizando como motivo a dos mujeres
desnudas (la perversión de la Virtud y
la Verdad), y unas serpientes haladas
mordiendo o succionando los senos de
aquéllas, reafirmando su origen gnóstico
y la presencia de los vicios morales e
intelectuales. La inteligencia se halla
viciada cuando se encuentra extraviada
en el error. La mente está entonces
"atada" por ese error, simbolizado por
las serpientes haladas, y se halla, por
ende, sujeta a una forma de "esclavitud"
tanto moral como espiritual, que tiene
su raíz precisamente en ese vicio
mental. Sólo el amor a la sabiduría, que
nos lleva a discernir la Verdad de lo
Ilusorio, y nos conduce por el camino de
la justa perfección, se halla en el
fundamento de la vida. Sólo la luz del
entendimiento abre las puertas de la
Sabiduría.
En otro capitel historiado del segundo
pilar, y por su parte interior, se
advierte la presencia de san Jorge
matando al dragón, la "fuerza del Caos"
materializada en la serpiente egipcia
Apofis. Aquí, el Diablo, el "acusador",
se apoya en el platillo de la balanza
para beneficiarse, imputando crímenes
falsos a la inocencia de los elegidos.
Este es un tema historiado que ya
aparece en el templo de San Lázaro de
Autum, de 1150, como reinterpretación
cristianizada de una escena cumbre del
Libro de los Muertos egipcio.
En la puerta de entrada al antiguo
refectorio, y en su capitel de la
siniestra, se ha labrado la figura
sedente de un anciano, con las piernas
cruzadas, junto a dos mujeres vestidas
con faldas y chaleco y con una especie
de cetro en una mano y, la otra,
levantada sujetando algo, dando la
impresión de que bailan una especie de
danza morisca. Las dos mujeres
simbolizan el "'deseo de las colinas
perpetuas", el "Ad" hebreo; una es la
Schejiná, la Divina Presencia, que
beatifica y bendice al hombre
(representa el Año del Jubileo, bajo la
esfera 'Binah", el número 3 y la letra
"G" de Gimel, símbolo del Dios (God)
Gnóstico); la otra, es la hembra
secundaria o terrenal, la que ha de
juntarse con el hombre (se corresponde
con el Año de Remisión, bajo la esfera
de "Malkut", el número 10 y la letra "Y"
de Yod, el "punto que habita en el
corazón"). Para los hermetistas
rosacruces la naturaleza andrógina de
Dios (Yahvéh, YHVH) se identifica con la
Schejiná (Shekinah o Sejiná) o Novia de
Dios. Los cabalistas, por su parte,
afirman que por su intercesión se puede
manifestar la Creación. Acompaña al
hombre cuando está lejos de su casa,
dando fe de la fidelidad del esposo
terrenal. Por ello, siempre acompañaba a
los peregrinos en su viaje de búsqueda y
perfección. Tal es la razón por la que
Templarios y Hospitalarios encomendaban
su alma a la Virgen Madre (Venus, la
Isis "Koré Kosmou").
El capitel de la derecha contiene dos
arpías, una femenina y otra masculina y
barbuda, afrontadas a ambos lados de un
árbol del que surgen vástagos que se
enredan en sus cuerpos. Representan el
pecado de seducción y vanidad que rodea
al Árbol de la Ciencia del Bien y del
Mal. De este Árbol surgieron, las
segundas Tablas de la Ley, dadas a
Moisés tras el pecado cometido por el
Pueblo de Israel con el Becerro de Oro,
después de que fueran rotas las
primeras.
En la galería Este se resaltan dos
capiteles de interesante contenido
esotérico. El primero de ellos, en el
lado norte, con las figuras estáticas de
un rey (Salomón) y una reina (la
Comunidad de Israel o "Rosa de Sharon"),
ambos coronados. La reina tiene en su
mano un rollo abierto; se trata de una
alusión a la Torah oral. El rey sopesa
un libro abierto; es el Libro de la
Sabiduría de Todos los Misterios,
llamado, a su vez, de Salomón.
El segundo capitel se recubre por una
fina talla de tres figuras humanas. La
del centro, con capucha, sujeta tres
panes redondos sobre un pan; a su
derecha e izquierda, dos personajes
llevan sendos panes y otros dos hacen lo
mismo en los lados cortos del soporte.
Los tres panes simbolizan las tres
comidas de la Fe, las comidas en las
que, según la Tradición judía,
participan Abraham ("Jesed", Gracia,
Amor o Misericordia, cuarto sefirá ),
Isaac ("Gueburá", Fuerza, Justicia o
Rigor, quinto sefirá) y Jacob
("Tiferet", Belleza, sexto sefirá), y
que expresan la alegría de la Fe
Perfecta. Los cabalistas afirman que la
tríada de la Belleza (Amor, Justicia y
Belleza; 4, 5 y 6) es el Sagrado Rey; y,
de la unión del Rey con la Reina, en la
que se comprenden todos los sefirot (la
Comunidad de Israel o Árbol de la Vida),
se produjo el Universo en su propia
imagen. Sólo la armonía y la proporción,
columnas salomónicas sobre las que se
asienta la Belleza, tienen validez
universal.
Por Gastón Clerc
González ( revista Soria, nº 22, Otoño
de 1998).
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