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La Vía Láctea
"El Camino de Santiago es la vía iniciática más
importante de Occidente. Desde el siglo XI, la
cristiandad lo ha convertido en peregrinación
purificadora para lo que buscan una realidad superior.
Pero el Camino también ha sido recorrido por;
alquimistas, místicos y cabalistas que han dejado su
huella en múltiples lugares que se encuentran situados
por la ruta. Ya que la Ruta fue reverentemente recorrida
tanto por santos como por herejes, judíos, cristianos y
musulmanes.
El escritor e investigador Juan G. Atienza nos dice:
"Desde tiempos renegridos por la Historia, la Europa
atlántica se ha visto envuelta en un mito jamás
desmentido ni corroborado por ningún documento: aquel
que nos da cuenta de los límites precisos del mundo, más
allá de los cuales nace el misterio insondable de lo
desconocido. Con él nacieron todas las hipótesis
imaginables en torno a ese Más Allá que camina junto al
Ser Humano desde el albor de la Conciencia. Al otro lado
del Finis Terrae cabe todo, desde el Amenti egipcio -el
lugar al que acuden los muertos para recuperar sus
orígenes- hasta la idea de una Atlántida hundida en el
océano que, con su trágica desaparición, cerró una era
de esplendor y obligó a la humanidad a recomenzar desde
cero el camino hacia un nuevo encuentro con su
identidad.
El mito atlante ha compartido un doble carácter,
histórico y religioso. Pues si cerraba con su
destrucción una era de conocimiento irrecuperable, ese
mismo recuerdo se convirtió en materia de culto y en
meta de esperanza trascendente, basada en la sospecha de
que, al menos una parte de aquel saber transformado en
creencia, pudiera ser recuperado si se lograba penetrar
en los misterios que la Tradición escondía en las
tierras limítrofes del continente perdido
Pero la historiografía se basa en hechos concretos y
esas cuestiones no cuentan para ella. No cabe pues
atribuir "racionalmente" a querencias ancestrales la
marca secular de tantos pueblos del Extremo Occidente,
ni asociar a tales tendencias la aparición de los más
remotos símbolos sagrados, grabados en las piedras de la
cornisa atlántica. Tampoco está permitido asociar a
estos convencimientos viscerales la resistencia de tales
pueblos a adoptar creencias y dogmas importados, ni su
tendencia, ya convertidos a la fuerza, a sincretizar la
nueva fe con ritos originados en los albores de la
conciencia trascendente.
Aún con tantas reticencias, cuando la Historia nos da
noticia de un determinado problema o de un personaje
señero, no cabe aceptarlos sólo como fenómenos
producidos en un aquí y un ahora concretos. Hemos de
remontarnos en el tiempo para vislumbrar su porqué y su
cómo. Y sólo si logramos integrar esos hechos en una
perspectiva totalizadora podremos sentir su importancia
real, en tanto que hitos de una evolución que atañe a
toda la humanidad.
"Allí, en el extremo occidental de Europa, había algo
-un recuerdo, una presencia o una realidad trascendente-
que impulsaba la marcha penosa de seres humanos hacia su
realización, convirtiendo el Camino en un viaje paralelo
al que emprendían los muertos del antiguo Egipto hacia
el Amenti, la tierra de sus antepasados, el lugar de sus
orígenes míticos. De este modo, cuando en el siglo X se
proclamó urbi et orbi el descubrimiento del sepulcro del
Apóstol, los caminos hacia Compostela -y más allá, como
veremos- resurgieron con un doble sentido. Uno, el
habitual, destinado a los fieles que lo emprendían con
el único fin de cumplir sus promesas salvíficas. Otro,
el que iban a ollar los buscadores de aquella Gran
Tradición secular, que tenían que ocultarse de los
poderes establecidos para alcanzar aquella iniciación
que constituía la meta del conocimiento esotérico,
transmitido desde la más arcaica antigüedad.
Muchos de esos adeptos dejaron plasmada su memoria y su
huella material, con el fin de que otros que vinieran a
pisar la Ruta con los mismos fines que les habían guiado
a ellos pudieran reconocer los signos que habrían de
servirles para avanzar en esa iniciación que marchaba
paralela al Camino que recorrían. Anacoretas,
hermetistas, magos, prodigiosos, constructores,
cabalistas, místicos y alquimistas, monjes guerreros y
sabios desconocidos esculpieron, pintaron y hasta dieron
nombres que no se encontraban allí luego por casualidad,
sino que señalaban hitos y simas y glorias y peligros
ante los que había que mantenerse atento, porque cada
señal formaba parte de esa inacción secreta que se había
emprendido.
Los caminos jacobeos fueron, en un principio, muchos.
Por eso se encuentran los signos iniciáticos a todo lo
ancho de esa franja geográfica sagrada que cubre la
Península (ibérica) al norte del paralelo 42. Luego, los
reyes de Navarra y Castilla, siguiendo los hábiles
consejos de los monjes de Cluny, unificaron la ruta para
extraerle el máximo beneficio económico y para canalizar
"industrialmente" aquella incesante corriente de romeros
que acudían desde todo el mundo cristiano -y aun del no
cristiano, no lo olvidemos- para cumplir la promesa
jubilar. En ese camino se concentraron particularmente
los signos iniciáticos y esotéricos. Y es en él donde
todavía hoy, a pesar de horribles restauraciones y de
innumerables depredaciones -de las que no han sido
ajenos muchas veces los mismos poderes espirituales
imperantes-, pueden encontrarse los restos de aquella
ruta de conocimientos que el Camino fue -y hasta creo
que puede seguir siéndolo- para los adeptos de la Gran
Tradición".
Y como dice Atienza es que debe ser el "propio viajero
quien debe dedicarse a descubrirlas y, al hacerlo,
sentir en sí mismo un poco siquiera de esa satisfacción
que experimentaría el adepto al saberse recipiendario
del mensaje secreto que se le estaba trasmitiendo a él
en un capitel, en un claustro, en un puente o en un
valle de nombre evocador e insólito".
En los tiempos de las grandes peregrinaciones de la Edad
Media, el Camino de Santiago fue como un regreso
deliberado a los orígenes perdidos, a unas viejas
tradiciones que habían sido violentamente arrancadas del
consciente colectivo. La jerarquía religiosa había
marcado esa ruta con su carácter devoto y penitencial,
pero para el peregrino era mucho más: un pisar cotidiano
de la Tierra Sagrada, un contacto prolongado con el
milagro constante de la Diosa Madre, Gaia, creadora de
todo lo existente, protectora de la vida y cuyo culto
-la religión de lo telúrico- tenía que mantenerse
secreto frente a la fuerza ejercida por las grandes
religiones.
Todo cambió cuando aparecieron los colectivos iniciados
de constructores, que marcaron el camino con la impronta
de la Diosa oficialmente proscrita, Gaia, trabajaron
dura y secretamente por recuperar la antigua creencia y
dejaron al alcance de quienes quisieran encontrarlas las
marcas y claves fundamentales que permitiesen descubrir
la sacralidad del Camino. Para ello se apoyaron en dos
principios: reflejar cabalmente la Obra Divina de la
Creación y plasmar, como complemento o añadido, las
energías que emanan de la Tierra y que actúan, según su
naturaleza, como benéficas o como malignas sobre la
vida, la mente e incluso el espíritu".
Según Fulcanelli, en su obra El misterio de las
catedrales nos dice:
"Las conchas pectiformes (Pecten Jacobaeus de los
naturalistas) han sido siempre insignia de los
peregrinos de Santiago. Se llevaban en el sombrero (como
podemos observar en una estatua de St. James -Santiago
para los anglófonos- de la abadía de Westminster),
alrededor del cuello o prendidas en el pecho, siempre de
modo visible. La Concha de Compostela, sobre la cual
habría mucho que decir, sirve, en el simbolismo secreto,
para designar el principio Mercurio, llamado también
Viajero o Peregrino. El Mercurio es el agua bendita de
los Filósofos. Las grandes conchas servían antaño para
contener el agua bendita; a menudo las encontramos
todavía en muchas iglesias rurales. La llevan
místicamente todos aquellos que emprenden la labor y
tratan de obtener la estrella (compos stella). Nada
tiene, pues, de sorprendente que Jacques Coeur (tesorero
mayor de Carlos VII, que tuvo reputación de Adepto
experimentado) hiciese reproducir, en la entrada de su
palacio, el icon peregrini tan popular entre los
alquimistas de la Edad Media. ¿Acaso no describe el
propio Nicolas Flamel, en sus Figuras jeroglíficas, el
viaje parabólico que emprendió, según dice, para pedir
al "Señor Yago de Galicia" (Sant Iago, Santiago), ayuda,
luz y protección? Todos los alquimistas se hallan, en
sus comienzos, en igual situación. Tienen que realizar,
con el cordón por guía y la concha por insignia, este
largo y peligroso recorrido, una de cuyas mitades es por
vía terrestre y la otra por vía marítima. Deben ser ante
todo peregrinos, y, después, pilotos".
Los
Mozárabes: constructores sincréticos
La Orden de San Columbano tenia magníficos
constructores, que expresaron el estilo constructor
celta por el Camino de Santiago.
Según nos señala Alarcón; Con la fusión entre las
órdenes benedictinas y la de San Columbano, "los monjes
constructores de tradición celta quedan asimilados a sus
compañeros de tradición romana. Es la unión definitiva,
siquiera sea a nivel oficial, de los constructores
"paganos" al cristianismo gobernante, para ellos, pues,
era necesaria la invención de la leyenda jacobea. Y el
Beato de Liébana, un mozárabe (los mozárabes eran
cristianos visigodos de Al-Andalus, la España invadida
por los musulmanes), no es ajeno a la formación de dicha
leyenda. Un mozárabe que, con insólita vocación europea,
se carteaba con Alcuino de York, el anglosajón magister
de la Escuela Palatina de Aquisgrán...
Porque para llegar al desarrollo pleno del arte románico
los constructores deberán pasar por asimilar los
conocimie
ntos orientales aportados por los árabes y
filtrados por el tamiz hispano visigodo de la
experiencia mozárabe.
Tengamos en cuenta que los Mozárabes tras su convivencia
con los árabes, estaban muy influidos por su cultura
oriental, y escogieron sus asentamientos en tierra
cristiana, sin que existieran persecuciones musulmanas
-en la mayoría de los casos-, y curiosamente sobre los
antiguos emplazamientos visigodos.
Ellos actuarán como intermediarios; entre musulmanes y
benedictinos, y tratarán con la escasa élite carolingia
cuyo conjunto sigue siendo una horda de bárbaros
iletrados. Desde los siglos IX al XI hay un movimiento
continuo de monjes entre Al-Andalus y los estados
cristianos creándose una corriente de conocimientos
científicos, filosóficos y esotéricos también se
realizan traducciones romances de las obras árabes, que
pasan masivamente a Europa. Por ello los Mozárabes
crearon una iglesia hispánica de corte nacionalista que
dio origen a unas normas litúrgicas propias, al tiempo
que propiciaba un sincretismo celtíbero-cristiano
iniciado ya en tiempos de la iglesia visigoda y
desarrollado ahora en toda su extensión. Esta liturgia
visigótica, "mozárabe" con sus documentos propios,
sufrió los ataques de Roma ( siglo VIII) El proceso
puede centrarse resumiendo en Sancho II el Mayor
(1005-1035), rey de Navarra, Castilla y Aragón, y en su
nieto Alfonso VI (1065-1109), quienes favorecieron y
impusieron la sustitución de comunidades mozárabes por
comunidades benedictinas y la fusión de ambas. De esta
forma los Benedictinos efectúan así el relevo en la
custodia del Camino Jacobeo, aunando en su seno a los
constructores celto-irlandeses, a los romano-bizantinos,
y a los celto-visigodos-musulmanes. Pueden dedicarse ya
a la realización de una primera ruta que tendría a lo
largo de su camino; albergues, hospitales, etc., y al
desarrollo de unas experiencias "artísticas" que se
encontraban en embrión. Estas experiencias artísticas
serán lo que hoy llamamos como arte románico...
Una cosa es evidente a decir de Alarcón "el contacto con
la materia mediante el trabajo manual representaba para
los Compañeros Constructores una experiencia
trascendente, una catarsis mística, que les permitía
abrir a la percepción sentidos más o menos embotados en
el ser humano, para conseguir penetrar no sólo la
apariencia y las relaciones materiales de lo que le
rodea, sino también la naturaleza profunda, Divina, de
dicho entorno. Tal como expreso Dion Crisóstomo ante la
obra maestra de Fidias, la estatua de Zeus Olímpico,
elogiando el arte escultórico al servicio de lo divino:
"Nuestra intención no es otra que la de manifestar lo
invisible mediante el soporte de la imagen visible.
Ponemos en acción el poder del símbolo para captar lo
impalpable y alcanzar lo inteligente a partir de lo
sensible."
Esta experiencia se conseguía realizando el trabajo
manual según ciertos rituales que poseían un valor
iniciático, entre ellos estaba la realización de la
"opus magna", Obra bien hecha u Obra maestra, a la cual
se llegaba tras largos años de aprendizaje y duros
trabajos que iban moldeando y orientando la acción
sensible del espíritu manifestada en la obra de las
manos. Otro ritual iniciático consistía en el propio
acto de caminar. Caminar a través de la naturaleza, por
prados, bosques, estepas, montañas, junto a ríos; poco a
poco el cansancio físico se supera, etapa tras etapa se
adquiere un ritmo propio que está en armonía con el
ritmo de la naturaleza, que se encuentra en sintonía con
las corrientes telúricas del cielo y de la tierra, en
sintonía incluso con los elementos.
Según Alarcón "quizá la clave de todo esté en la
controvertida etimología de la palabra "Compostela". ¿Y
si después de todo el significado de Compostela no fuese
Campo de la Estrella? ¿Y si a pesar de todo Compostela,
Campus Stellae, significase Campo de las Estelas, de las
tumbas...?
Tengamos en cuenta que los constructores mezclaban,
sabiamente, dos tipos de rituales en busca de
trascendencia. Unieron, el poder iniciático del trabajo
manual y directo sobre la materia con la fuerza
regeneradora del caminar sobre rutas
naturales,(telúricas) aprendiendo a un tiempo de los
maestros. Maestros poderosos portadores de toda
sabiduría, maestros que, una vez finalizada su labor,
recibieron sepultura en ese lugar o retornaron a su
desconocido origen, y cuyas enseñanzas se expandieron en
dirección opuesta a la peregrinación. Este podría ser el
sentido según Alarcón de esos Campus Stellae, "Campos de
las Estelas" que encontramos al final del Camino de
Santiago: Padrón y su cementerio de Santa María de Iria
Flavia; Noya -la antigua Noela- y su cementerio de Santa
María a Nova; Finisterre y su cementerio de santa María
del Fin de la Tierra. Sin olvidar el Campus o Compositum
Stellae por excelencia: Compostela, en su vertiente de
Campo o Cementerio de las Estelas.
Como ya se ha dicho, la peregrinación debía permanecer
activa en tiempos de la invasión sueva, y posteriormente
tras la conquista visigoda de la región. Monjes y
clérigos hispano visigodos, y mozárabe, sin olvidar
nunca a los ermitaños, coincidían con aquellos
constructores paganos, aquellos hombres de la piedra, en
unos intereses comunes perpetuar la continuidad del
Camino y la peregrinación, con fines iniciáticos, hacia
el enclave donde desembarcaron sus ancestrales maestros
sabios dejando en las rocas los signos petroglifos,
símbolo de su desconocido saber. Los monjes "del
cristianismo hispano-visigodo, deseaban apropiarse, en
beneficio de su fe del control de la ruta. La monarquía
y la nobleza no eran obstáculo con tal que recibieran su
parte de los beneficios, traducida en bendiciones y
aprobación respecto a su política expansiva frente al
Islam.
Ahora bien, todos coincidían en un punto; buscaban una
transformación profunda de sí mismo y un conocimiento
superior de Dios, que para ciertos monjes y
constructores se trataba del Dios Universal "el Dios no
conocido... que ha prefijado a los hombres el orden de
los tiempos. Porque en él vivimos, y nos movemos, y
somos..." (San Lucas, Hechos de los Apóstoles, cap.XVII,
vs.23 al 28). Y uno de los mejores medios para llevar a
cabo tal ascesis era recorrer el Camino hasta la tumba
del maestro, o del santo."
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