AÑO II

- 2006 -   


DOCUMENTOS
EL CAMINO DE SANTIAGO

La Vía Láctea
"El Camino de Santiago es la vía iniciática más importante de Occidente. Desde el siglo XI, la cristiandad lo ha convertido en peregrinación purificadora para lo que buscan una realidad superior. Pero el Camino también ha sido recorrido por; alquimistas, místicos y cabalistas que han dejado su huella en múltiples lugares que se encuentran situados por la ruta. Ya que la Ruta fue reverentemente recorrida tanto por santos como por herejes, judíos, cristianos y musulmanes.
El escritor e investigador Juan G. Atienza nos dice:

"Desde tiempos renegridos por la Historia, la Europa atlántica se ha visto envuelta en un mito jamás desmentido ni corroborado por ningún documento: aquel que nos da cuenta de los límites precisos del mundo, más allá de los cuales nace el misterio insondable de lo desconocido. Con él nacieron todas las hipótesis imaginables en torno a ese Más Allá que camina junto al Ser Humano desde el albor de la Conciencia. Al otro lado del Finis Terrae cabe todo, desde el Amenti egipcio -el lugar al que acuden los muertos para recuperar sus orígenes- hasta la idea de una Atlántida hundida en el océano que, con su trágica desaparición, cerró una era de esplendor y obligó a la humanidad a recomenzar desde cero el camino hacia un nuevo encuentro con su identidad.


El mito atlante ha compartido un doble carácter, histórico y religioso. Pues si cerraba con su destrucción una era de conocimiento irrecuperable, ese mismo recuerdo se convirtió en materia de culto y en meta de esperanza trascendente, basada en la sospecha de que, al menos una parte de aquel saber transformado en creencia, pudiera ser recuperado si se lograba penetrar en los misterios que la Tradición escondía en las tierras limítrofes del continente perdido
Pero la historiografía se basa en hechos concretos y esas cuestiones no cuentan para ella. No cabe pues atribuir "racionalmente" a querencias ancestrales la marca secular de tantos pueblos del Extremo Occidente, ni asociar a tales tendencias la aparición de los más remotos símbolos sagrados, grabados en las piedras de la cornisa atlántica. Tampoco está permitido asociar a estos convencimientos viscerales la resistencia de tales pueblos a adoptar creencias y dogmas importados, ni su tendencia, ya convertidos a la fuerza, a sincretizar la nueva fe con ritos originados en los albores de la conciencia trascendente.


Aún con tantas reticencias, cuando la Historia nos da noticia de un determinado problema o de un personaje señero, no cabe aceptarlos sólo como fenómenos producidos en un aquí y un ahora concretos. Hemos de remontarnos en el tiempo para vislumbrar su porqué y su cómo. Y sólo si logramos integrar esos hechos en una perspectiva totalizadora podremos sentir su importancia real, en tanto que hitos de una evolución que atañe a toda la humanidad.


"Allí, en el extremo occidental de Europa, había algo -un recuerdo, una presencia o una realidad trascendente- que impulsaba la marcha penosa de seres humanos hacia su realización, convirtiendo el Camino en un viaje paralelo al que emprendían los muertos del antiguo Egipto hacia el Amenti, la tierra de sus antepasados, el lugar de sus orígenes míticos. De este modo, cuando en el siglo X se proclamó urbi et orbi el descubrimiento del sepulcro del Apóstol, los caminos hacia Compostela -y más allá, como veremos- resurgieron con un doble sentido. Uno, el habitual, destinado a los fieles que lo emprendían con el único fin de cumplir sus promesas salvíficas. Otro, el que iban a ollar los buscadores de aquella Gran Tradición secular, que tenían que ocultarse de los poderes establecidos para alcanzar aquella iniciación que constituía la meta del conocimiento esotérico, transmitido desde la más arcaica antigüedad.


Muchos de esos adeptos dejaron plasmada su memoria y su huella material, con el fin de que otros que vinieran a pisar la Ruta con los mismos fines que les habían guiado a ellos pudieran reconocer los signos que habrían de servirles para avanzar en esa iniciación que marchaba paralela al Camino que recorrían. Anacoretas, hermetistas, magos, prodigiosos, constructores, cabalistas, místicos y alquimistas, monjes guerreros y sabios desconocidos esculpieron, pintaron y hasta dieron nombres que no se encontraban allí luego por casualidad, sino que señalaban hitos y simas y glorias y peligros ante los que había que mantenerse atento, porque cada señal formaba parte de esa inacción secreta que se había emprendido.


Los caminos jacobeos fueron, en un principio, muchos. Por eso se encuentran los signos iniciáticos a todo lo ancho de esa franja geográfica sagrada que cubre la Península (ibérica) al norte del paralelo 42. Luego, los reyes de Navarra y Castilla, siguiendo los hábiles consejos de los monjes de Cluny, unificaron la ruta para extraerle el máximo beneficio económico y para canalizar "industrialmente" aquella incesante corriente de romeros que acudían desde todo el mundo cristiano -y aun del no cristiano, no lo olvidemos- para cumplir la promesa jubilar. En ese camino se concentraron particularmente los signos iniciáticos y esotéricos. Y es en él donde todavía hoy, a pesar de horribles restauraciones y de innumerables depredaciones -de las que no han sido ajenos muchas veces los mismos poderes espirituales imperantes-, pueden encontrarse los restos de aquella ruta de conocimientos que el Camino fue -y hasta creo que puede seguir siéndolo- para los adeptos de la Gran Tradición".


Y como dice Atienza es que debe ser el "propio viajero quien debe dedicarse a descubrirlas y, al hacerlo, sentir en sí mismo un poco siquiera de esa satisfacción que experimentaría el adepto al saberse recipiendario del mensaje secreto que se le estaba trasmitiendo a él en un capitel, en un claustro, en un puente o en un valle de nombre evocador e insólito".


En los tiempos de las grandes peregrinaciones de la Edad Media, el Camino de Santiago fue como un regreso deliberado a los orígenes perdidos, a unas viejas tradiciones que habían sido violentamente arrancadas del consciente colectivo. La jerarquía religiosa había marcado esa ruta con su carácter devoto y penitencial, pero para el peregrino era mucho más: un pisar cotidiano de la Tierra Sagrada, un contacto prolongado con el milagro constante de la Diosa Madre, Gaia, creadora de todo lo existente, protectora de la vida y cuyo culto -la religión de lo telúrico- tenía que mantenerse secreto frente a la fuerza ejercida por las grandes religiones.


Todo cambió cuando aparecieron los colectivos iniciados de constructores, que marcaron el camino con la impronta de la Diosa oficialmente proscrita, Gaia, trabajaron dura y secretamente por recuperar la antigua creencia y dejaron al alcance de quienes quisieran encontrarlas las marcas y claves fundamentales que permitiesen descubrir la sacralidad del Camino. Para ello se apoyaron en dos principios: reflejar cabalmente la Obra Divina de la Creación y plasmar, como complemento o añadido, las energías que emanan de la Tierra y que actúan, según su naturaleza, como benéficas o como malignas sobre la vida, la mente e incluso el espíritu".


Según Fulcanelli, en su obra El misterio de las catedrales nos dice:


"Las conchas pectiformes (Pecten Jacobaeus de los naturalistas) han sido siempre insignia de los peregrinos de Santiago. Se llevaban en el sombrero (como podemos observar en una estatua de St. James -Santiago para los anglófonos- de la abadía de Westminster), alrededor del cuello o prendidas en el pecho, siempre de modo visible. La Concha de Compostela, sobre la cual habría mucho que decir, sirve, en el simbolismo secreto, para designar el principio Mercurio, llamado también Viajero o Peregrino. El Mercurio es el agua bendita de los Filósofos. Las grandes conchas servían antaño para contener el agua bendita; a menudo las encontramos todavía en muchas iglesias rurales. La llevan místicamente todos aquellos que emprenden la labor y tratan de obtener la estrella (compos stella). Nada tiene, pues, de sorprendente que Jacques Coeur (tesorero mayor de Carlos VII, que tuvo reputación de Adepto experimentado) hiciese reproducir, en la entrada de su palacio, el icon peregrini tan popular entre los alquimistas de la Edad Media. ¿Acaso no describe el propio Nicolas Flamel, en sus Figuras jeroglíficas, el viaje parabólico que emprendió, según dice, para pedir al "Señor Yago de Galicia" (Sant Iago, Santiago), ayuda, luz y protección? Todos los alquimistas se hallan, en sus comienzos, en igual situación. Tienen que realizar, con el cordón por guía y la concha por insignia, este largo y peligroso recorrido, una de cuyas mitades es por vía terrestre y la otra por vía marítima. Deben ser ante todo peregrinos, y, después, pilotos".

Los Mozárabes: constructores sincréticos

La Orden de San Columbano tenia magníficos constructores, que expresaron el estilo constructor celta por el Camino de Santiago.


Según nos señala Alarcón; Con la fusión entre las órdenes benedictinas y la de San Columbano, "los monjes constructores de tradición celta quedan asimilados a sus compañeros de tradición romana. Es la unión definitiva, siquiera sea a nivel oficial, de los constructores "paganos" al cristianismo gobernante, para ellos, pues, era necesaria la invención de la leyenda jacobea. Y el Beato de Liébana, un mozárabe (los mozárabes eran cristianos visigodos de Al-Andalus, la España invadida por los musulmanes), no es ajeno a la formación de dicha leyenda. Un mozárabe que, con insólita vocación europea, se carteaba con Alcuino de York, el anglosajón magister de la Escuela Palatina de Aquisgrán...
Porque para llegar al desarrollo pleno del arte románico los constructores deberán pasar por asimilar los conocimie

ntos orientales aportados por los árabes y filtrados por el tamiz hispano visigodo de la experiencia mozárabe.
Tengamos en cuenta que los Mozárabes tras su convivencia con los árabes, estaban muy influidos por su cultura oriental, y escogieron sus asentamientos en tierra cristiana, sin que existieran persecuciones musulmanas -en la mayoría de los casos-, y curiosamente sobre los antiguos emplazamientos visigodos.


Ellos actuarán como intermediarios; entre musulmanes y benedictinos, y tratarán con la escasa élite carolingia cuyo conjunto sigue siendo una horda de bárbaros iletrados. Desde los siglos IX al XI hay un movimiento continuo de monjes entre Al-Andalus y los estados cristianos creándose una corriente de conocimientos científicos, filosóficos y esotéricos también se realizan traducciones romances de las obras árabes, que pasan masivamente a Europa. Por ello los Mozárabes crearon una iglesia hispánica de corte nacionalista que dio origen a unas normas litúrgicas propias, al tiempo que propiciaba un sincretismo celtíbero-cristiano iniciado ya en tiempos de la iglesia visigoda y desarrollado ahora en toda su extensión. Esta liturgia visigótica, "mozárabe" con sus documentos propios, sufrió los ataques de Roma ( siglo VIII) El proceso puede centrarse resumiendo en Sancho II el Mayor (1005-1035), rey de Navarra, Castilla y Aragón, y en su nieto Alfonso VI (1065-1109), quienes favorecieron y impusieron la sustitución de comunidades mozárabes por comunidades benedictinas y la fusión de ambas. De esta forma los Benedictinos efectúan así el relevo en la custodia del Camino Jacobeo, aunando en su seno a los constructores celto-irlandeses, a los romano-bizantinos, y a los celto-visigodos-musulmanes. Pueden dedicarse ya a la realización de una primera ruta que tendría a lo largo de su camino; albergues, hospitales, etc., y al desarrollo de unas experiencias "artísticas" que se encontraban en embrión. Estas experiencias artísticas serán lo que hoy llamamos como arte románico...


Una cosa es evidente a decir de Alarcón "el contacto con la materia mediante el trabajo manual representaba para los Compañeros Constructores una experiencia trascendente, una catarsis mística, que les permitía abrir a la percepción sentidos más o menos embotados en el ser humano, para conseguir penetrar no sólo la apariencia y las relaciones materiales de lo que le rodea, sino también la naturaleza profunda, Divina, de dicho entorno. Tal como expreso Dion Crisóstomo ante la obra maestra de Fidias, la estatua de Zeus Olímpico, elogiando el arte escultórico al servicio de lo divino:


"Nuestra intención no es otra que la de manifestar lo invisible mediante el soporte de la imagen visible. Ponemos en acción el poder del símbolo para captar lo impalpable y alcanzar lo inteligente a partir de lo sensible."
Esta experiencia se conseguía realizando el trabajo manual según ciertos rituales que poseían un valor iniciático, entre ellos estaba la realización de la "opus magna", Obra bien hecha u Obra maestra, a la cual se llegaba tras largos años de aprendizaje y duros trabajos que iban moldeando y orientando la acción sensible del espíritu manifestada en la obra de las manos. Otro ritual iniciático consistía en el propio acto de caminar. Caminar a través de la naturaleza, por prados, bosques, estepas, montañas, junto a ríos; poco a poco el cansancio físico se supera, etapa tras etapa se adquiere un ritmo propio que está en armonía con el ritmo de la naturaleza, que se encuentra en sintonía con las corrientes telúricas del cielo y de la tierra, en sintonía incluso con los elementos.


Según Alarcón "quizá la clave de todo esté en la controvertida etimología de la palabra "Compostela". ¿Y si después de todo el significado de Compostela no fuese Campo de la Estrella? ¿Y si a pesar de todo Compostela, Campus Stellae, significase Campo de las Estelas, de las tumbas...?


Tengamos en cuenta que los constructores mezclaban, sabiamente, dos tipos de rituales en busca de trascendencia. Unieron, el poder iniciático del trabajo manual y directo sobre la materia con la fuerza regeneradora del caminar sobre rutas naturales,(telúricas) aprendiendo a un tiempo de los maestros. Maestros poderosos portadores de toda sabiduría, maestros que, una vez finalizada su labor, recibieron sepultura en ese lugar o retornaron a su desconocido origen, y cuyas enseñanzas se expandieron en dirección opuesta a la peregrinación. Este podría ser el sentido según Alarcón de esos Campus Stellae, "Campos de las Estelas" que encontramos al final del Camino de Santiago: Padrón y su cementerio de Santa María de Iria Flavia; Noya -la antigua Noela- y su cementerio de Santa María a Nova; Finisterre y su cementerio de santa María del Fin de la Tierra. Sin olvidar el Campus o Compositum Stellae por excelencia: Compostela, en su vertiente de Campo o Cementerio de las Estelas.


Como ya se ha dicho, la peregrinación debía permanecer activa en tiempos de la invasión sueva, y posteriormente tras la conquista visigoda de la región. Monjes y clérigos hispano visigodos, y mozárabe, sin olvidar nunca a los ermitaños, coincidían con aquellos constructores paganos, aquellos hombres de la piedra, en unos intereses comunes perpetuar la continuidad del Camino y la peregrinación, con fines iniciáticos, hacia el enclave donde desembarcaron sus ancestrales maestros sabios dejando en las rocas los signos petroglifos, símbolo de su desconocido saber. Los monjes "del cristianismo hispano-visigodo, deseaban apropiarse, en beneficio de su fe del control de la ruta. La monarquía y la nobleza no eran obstáculo con tal que recibieran su parte de los beneficios, traducida en bendiciones y aprobación respecto a su política expansiva frente al Islam.


Ahora bien, todos coincidían en un punto; buscaban una transformación profunda de sí mismo y un conocimiento superior de Dios, que para ciertos monjes y constructores se trataba del Dios Universal "el Dios no conocido... que ha prefijado a los hombres el orden de los tiempos. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos..." (San Lucas, Hechos de los Apóstoles, cap.XVII, vs.23 al 28). Y uno de los mejores medios para llevar a cabo tal ascesis era recorrer el Camino hasta la tumba del maestro, o del santo."

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