|
San Bernardo de
Claraval
-
A Vosotros, hermanos, deben
exponerse otras cosas que a los mundanos, o al menos
de distinta manera. A ellos debe ofrecerles leche y
no comida, el que en su magisterio quiera atenerse
al modelo del Apóstol (1). Pero también enseña con
su ejemplo a presentar alimentos más sólidos para
los espirituales, cuando dice: "Hablamos no con el
lenguaje del saber humano, sino con el que enseña el
Espíritu, explicando temas espirituales a los
hombres de espíritu". E igualmente: "Con los
perfectos exponemos un saber escondido", como pienso
que ya sois vosotros sin duda. A no ser que os
hayáis entregado en vano durante tanto tiempo a la
búsqueda de las cosas espirituales, dominando
vuestros sentidos y meditando día y noche la ley de
Dios. Abrid la boca no para beber leche, sino para
masticar pan. Salomón nos ofrece un pan magnífico y
muy sabroso por cierto: me refiero al libro titulado
el Cantar de los Cantares. Si os place, pongámoslo
sobre la mesa y partámoslo.
-
Si no me engaño, la gracia de
Dios os ha enseñado suficientemente a conocer este
mundo y despreciar su vacío mediante la palabra del
Libro del Eclesiastés. ¿Y el Libro de los
Proverbios? ¿No habéis hallado en él la doctrina
necesaria para enmendar e informar vuestra vida y
vuestras inclinaciones? Saboreados ya estos dos
libros en los que habéis recibido del arca del amigo
los panes prestados, acercaos también a tomar este
tercer pan, el que mejor sabe.
Hay dos únicos vicios o al menos lo más peligrosos
que luchan contra el alma: el vano amor del mundo y
el excesivo amor de sí mismo. Estos dos libros
combaten esa doble peste: uno cercena con el
escardillo de la disciplina toda tendencia
desordenada y todo exceso de la carne. El otro
aclara agudamente con la luz de la razón el engañoso
brillo de toda gloria mundana, diferenciándolo
certeramente del oro de la verdad.
Es decir, entre todos los afanes mundanos y deseos
terrenos, opta por temer a Dios y seguir sus
mandatos. Y con toda razón. Porque ese temor es el
principio de la verdadera sabiduría; y esa
fidelidad, su culminación. Al fin, sabido es que la
sabiduría auténtica y consumada consiste en
apartarse de todo mal y hacer el bien. Además, nadie
puede evitar el mal adecuadamente sin el temor de
Dios, ni obrar el bien sin observar los
mandamientos.
-
Superados, pues, estos dos
vicios con la lectura de ambos libros, nos
encontramos ya preparados para asistir a este
diálogo sagrado y contemplativo que, por ser fruto
de entrambos, sólo puede confiarse a espíritus y
oídos muy limpios.
II. De no ser así, si
antes no se ha enderezado la carne con el esfuerzo
de la ascesis, sometiéndola al espíritu, ni se ha
despreciado la ostentación opresiva del mundo, es
indigno que el impuro se entrometa en esta lectura
santa. Como la luz invade inútilmente los ojos
ciegos o cerrados, así el hombre animalizado no
percibe lo que compete al espíritu de Dios. Porque
el Santo Espíritu de la disciplina rehuye el engaño
de toda vida incontinente y nunca tendrá parte con
la vaciedad del mundo, porque es el Espíritu de la
verdad. ¿Podrán tener algo en común el saber que
baja de lo alto y el saber de este mundo que es
necedad a los ojos de Dios, o la tendencia a lo
terreno, que significa rebeldía contra Dios? Pienso,
por eso, que ya no tendrá motivos para murmurar el
amigo que esté de paso entre nosotros, cuando haya
tomado este tercer pan.
-
Mas, ¿quién lo partirá? Está
aquí el dueño de la casa: reconoced al Señor en el
partir del pan. ¿Quién más a propósito? No seré yo
quien caiga en la osadía de arrogármelo. Dirigios
hacia mí, sí, pero no lo esperéis de mí. Yo soy uno
de los que esperan; mendigo como vosotros el pan
para mi alma, el alimento de mi espíritu. Pobre e
indigente, llamo a la puerta del que abre y nadie
cierra, ante el profundísimo misterio de este
diálogo. Los ojos de todos están aguardando, Señor;
los niños piden pan y nadie de lo da Lo esperan todo
de tu bondad. Señor, piadoso, parte tu pan al
hambriento, si te place, aunque sea con mis manos,
pero con tu poder.
Nota 1: Se refiere a San Pablo y el texto
correspondiente que hallaréis en su Epístola Primera
a los Corintios
Traducción de
Iñaki Aranguren. Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid, 1987. |