|
Si por la
causa de Dios has pasado de conde a soldado y de rico a
pobre, te felicito como es justo, y en ti glorifico a
Dios, porque sé que este cambio se debe a la diestra del
Altísimo.
Por lo demás, te confieso que no acepto aún con
resignación el que Dios me haya privado de tu gozosa
presencia por su misterioso designio, de modo que no
pueda verte de vez en cuando; porque si hubiera sido
posible, jamás hubiera querido que te alejaras de mí.
Podré acaso olvidar nuestra primera amistad y los
beneficios que tan generosamente acumulaste sobre
nuestro monasterio? ¡Ojalá Dios, por cuyo amor lo
hiciste, tampoco se olvide jamás de ti!
Por mi parte, nunca seré ingrato contigo, guardaré en el
espíritu el recuerdo de tu espléndida caridad y, si
tengo ocasión, lo demostraré con las obras. ¡Qué
gustosamente intentaría hacerlo, tanto en lo material
como en lo espiritual, si hubiéramos podido vivir
juntos! Pero como no es así, sólo me queda orar siempre
por el ausente, ya que carezco de su presencia.
BERNARDO DE CLAIRVAUX
|