El primero de los ataques a Numancia se produjo al
comienzo de la segunda guerra celtíbera (153 a.C.), al
frente del cual se encontraba el cónsul romano Quinto
Fulvio Nobilior, quien cercó a Numancia con 30.000
hombres de infantería y la atacó con 300 hombres a
caballo y 10 elefantes. Esta fue también la primera
derrota del ejército Romano frente al valor numantino,
abriéndose luego un periodo de veinte años de
infructuosos ataques posteriores que hicieron temblar al
propio senado romano.
En el año 133 a.C. Cornelio Escipión llegó a las
inmediaciones de Numancia junto con 60.000 hombres y
levantó una gran muralla de nueve kilómetros
circunvalándola y colocando siete campamentos alrededor
de ella. Había comenzado el asedio, dejando a los
numantinos sin recursos para vivir. La carencia de
alimentos se fue haciendo cada vez más insoportable
hasta que en el verano de 133 a.C. se produjo la caída
heroica de Numancia, suicidándose todos sus habitantes y
entregando la ciudad envuelta en llamas. Habían
culminado 30 años de ataques y asedios. Se sabe que la
ciudad celtíbera ocupó más de 20 hectáreas estando
atravesada por dos calles principales. Sus casas tenían
cimientos de piedra, paredes de madera entramada con
ladrillo y cubiertas de ramajes y barro. La ciudad
incendiada permaneció abandonada durante mas de un siglo
y posteriormente fue habitada por los romanos e
indígenas celtíberos romanizados de la Hispania, hasta
que finalmente pereció ante las invasiones bárbaras.
Otras ciudades celtíberas (que actuaban además como
verdaderos estados independientes, controlando el
territorio que de ellas dependía) son: Uxama, Atacum,
Burado Termes, Ocilis, Segontia, Bilbilis, Mundobriga,
Contrebia, Volux, Nertobriga, Clunia, Vareia, etc.
Almazán nos recuerda que hoy día se estima que no data
su destrucción del año 133 a.C., al ser conquistada
Numancia por Escipión, sino de mediados del siglo I a.C.
Dioses y
ritos
Dice Estrabón que para "ciertos autores; los galaicos
que son ateos; tienen cierta divinidad innominada a la
que, en las noches de luna llena, las familias rinden
culto danzando, hasta el amanecer, ante las puertas de
sus casas". El Dr. Jimeno Martínez; nos dice: "Algunas
de estas danzas se han querido ver representadas en las
cerámicas de Numancia e, incluso, Taracena vio en las
danzas de carácter guerrero que se bailan en la zona de
San Leonardo, Soria, reminiscencias de esta costumbre
ancestral.
Esta divinidad tradicionalmente identificada con la
luna, puede relacionarse, según Marco y Sopeña, con Dios
Pater, dios infernal, del que, como dice César, todos
los galos se proclaman descendientes. Por esta razón
miden el tiempo no por días sino por noches (por lunas).
La importancia de esta deidad queda reflejada también en
la representación de crecientes lunares en las cerámicas
y otros objetos. Era tan fuerte su influencia -dice el
Dr. Jimeno Martínez- que en alguna ocasión los vacceos
detuvieron su ataque contra el romano Lépido al
interpretar un eclipse de luna como signo prohibitorio
de tal acción por la divinidad.
Los ciclos de la luna y el sol eran altamente sugerentes
de muerte y resurrección e incluso la idea de que la
noche daba luz al día.
El culto al fuego relacionado con el sol, como elemento
de purificación, también era importante y destacado. En
el solsticio de verano se realizaban fiestas de
purificación con danzas, maratones, luchas y sacrificios
fuera de la ciudad. Se han considerado residuos de estos
ancestrales ritos las fiestas del paso del fuego en San
Pedro Manrique, Soria, en la noche de San Juan y los
numerosos festejos en torno al fuego.
Los dioses Epona y Lug, aparecen asimilados al caballo y
al toro, ya que las divinidades y sus cualidades más
significativas eran representadas en aquellos animales
que las poseían. Horacio y Silo Itálico destacan la
costumbre de los cántabros de beber sangre de sus
caballos para adquirir sus cualidades, haciendo alusión
al carácter vivificador de la sangre animal; por otro
lado tengamos en cuenta que; los toros se representan
devorando peces, como mito de la fecundación de la
tierra.
Epona, Lug o Matres corresponden a las divinidades
pancélticas. Epona también es representado en un relieve
procedente de Sigüenza, Guadalajara, montada de lado
sobre un caballo. A las diosas Matres, relacionadas con
la fecundidad y abundancia, se les dedican dos
inscripciones en la provincia de Soria, una en Ágreda y
otra en Yanguas. Conocemos otras representaciones
iconográficas de estos dioses; así Lug aparece en el
santuario de Peñalba de Villastar, Teruel, bien
estudiado por Marco, en forma de personaje masculino
bifronte con los brazos en cruz y la frente provista de
cuernos o con corona de hojas .
La dedicación a los Lugoves, que figura en una lápida de
Uxama (Osma), mostraría una manifestación del dios Lug,
relacionada con las manualidades, lo que queda
demostrado al ser el Colegio Sutorum (colegio de
zapateros) el que dedica el ara.
Otros dioses
son conocidos a través de la epigrafía latina o
celtibérica y por referencias iconográficas, a veces
discutibles, como la representación, según Blázquez, en
perspectiva cenital, sobre un fragmento de cerámica
numantina, de un supuesto dios Cernunnos.
Otras representaciones iconográficas se han relacionado
con Sucellus, divinidad infernal y funeraria, a la que
se asocian cabezas humanas con piel de lobo, de las
cerámicas de Numancia, o el hombre revestido con piel de
lobo de la estela cántabra de Zurita, que aparece al
lado de un caballo y debajo de ellos una escena ritual
de cadáveres en la que un guerrero muerto es devorado
por un buitre, en sintonía con lo que relatan las
fuentes, cuando indican que los nertobrigenses envían a
Marcelo un heraldo vestido con piel de lobo y que
diferentes autores han relacionado con cofradías, al
decir de Almagro y Álvarez, serían los baños iniciáticos
de purificación que tendrían lugar en las saunas,
halladas en los castros del Noroeste, conocidos por los
gallegos como pedras fermosas, o la denominada fragua de
Ulaca, Ávila.
Los celtíberos no encerraban a sus dioses en
edificaciones , ya que según dice Tácito en relación a
los germanos "creen que no es posible encerrar a los
dioses dentro de unas paredes ni que se les pueda
representar con aspecto humano, dada la grandeza de las
cosas celestes". Desarrollaban sus cultos en el
exterior; así, el vocablo céltico que designa por
antonomasia al santuario es nemeton, que es donde se
produce la comunicación entre dioses y hombres, que
presenta modalidades diversas, ya que puede ser en un
claro en el bosque, en la cima de una montaña o un lugar
elevado (Peñalba de Villastar, Panoias y Ulaca), las
fuentes, los ríos o una cueva.
Diversas fuentes hablan, de una manera poco clara, de
sacrificios humanos, que se han vinculado, a veces, a
rituales. En la Península Ibérica existen evidencias
sobre el ritual de las cabezas cortadas de los vencidos
que colgaban de sus caballos y exhibían como trofeos en
sus casas.
Se trataba de una costumbre guerrera relacionada con la
creencia céltica de que en la cabeza reside el alma
humana; de ahí la importancia simbólica de este
elemento, que puede en ocasiones representar a la misma
divinidad. A esto puede responder en gran parte la
omnipresencia de la cabeza en las diferentes
manifestaciones artísticas en el mundo celta.
Otro rito a destacar es la amputación de manos, que
alude indirectamente en alguno de los episodios del
enfrentamiento entre romanos y numantinos; así, cuando
aquellos les piden a los de Numancia que entreguen las
armas, estos lo consideran como si les ordenasen
cortarse las manos.
Sacerdotes o druidas
En un vaso de Arcobriga, en donde aparece un hombre con
un árbol en la cabeza, permite deducir su naturaleza
sacerdotal, por la conocida relación que existe entre el
druida y el árbol. También la interpretación de algunos
textos celtíberos, como la cara B del Bronce de
Botorrita, permite deducir de algunos tratamientos (bintis)
aplicados a diferentes personas, que se trata de druidas
o sacerdotes vinculados a diferentes funciones jurídicas
o institucionales.
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