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Rafael
Alarcón en su Libro A la sombra de los templarios nos
dice que "los constructores intentaron, en la
realización arquitectónica, la plasmación de su
ocultismo, porque en la Edad Media el edificio no era
una simple estructura funcional, respondía a una
función, pero en otro sentido. Modelar la materia,
trabajarla y proporcionarle una forma determinada, era
algo más profundo, iba más allá del trabajo técnico,
porque el fin de la materia no era representar o
albergar a la divinidad para invocarla, sino que era
realmente un medio por el que la divinidad se expresaba.
Siendo pues una cualidad de la materia el albergar en su
seno a la divinidad, a la idea superior, trabajarla
adecuadamente era hacerla expresiva permitiendo de este
modo que lo divino pudiera comunicarse a través de ella,
dar un mensaje a los hombres.
Por eso el aprendizaje del oficio no podía ser un vulgar
acto de memorización técnica, o meras prácticas de
habilidad manual. Debía ser, por encima de todo un
querer conocer íntimamente la naturaleza del Cosmos, del
Universo -en el sentido amplio del término-, del modo
más completo posible. El aprendiz, debía integrarse,
hasta donde el poder de captación lo permitiese, en la
esencia de la Tierra, de la vida, por medio de la
experiencia personal en el contacto con la materia.
Debía por ello de "iniciarse".
A la vez precisaba un perfecto conocimiento de los
símbolos, su significado y sus interpretaciones, a fin
de hacer posible el sincretismo que permitiera saltarse
las normas ortodoxas imperantes con el mínimo peligro.
Bayard nos dice que "sólo a través de un esfuerzo
continuado, a través del trabajo personal, se puede
penetrar la filosofía de una profesión, cuyos secretos
son comunicados únicamente por los maestros más
experimentados.
Se comunican mediante enigmas: el alumno debe realizar
un esfuerzo de asimilación, debe investigar. Estos
conocimientos no se comunican a nadie del exterior ni a
los seres perezosos. El sentido interior, esotérico, se
vela bajo el manto de una oscuridad voluntaria que sólo
puede ser penetrada por los que poseen la primera letra.
El lenguaje de la alquimia es alegórico.
Los sacerdotes tienen una forma secreta de comunicarse;
sus libros pueden leerse en tres sentidos y a menudo
emplean una escritura jeroglífica que les permite
comunicarse mediante símbolos. Los druidas prefirieron
la enseñanza oral, con lo que obligaban a la memoria a
trabajar.
El hombre vive en sociedad; con el juramento de guardar
el secreto sobre el que se asienta su grupo, que es
donde se forma la base de la sociedad iniciática. Es
necesario "marcar" al neófito mediante una ceremonia
apropiada y hacerle plenamente consciente de su
investidura. Procedente del mundo exterior, profano, se
integra así en una nueva vida. El poder de la iniciación
le transfigura. Tras su muerte simbólica, el paso a
través de la puerta estrecha es el verdadero renacer.
Para señalar este cambio de estado, este renacer, el
individuo toma un nuevo nombre, como hace el rey al ser
coronado, el Papa al ser nombrado o las religiosas al
hacer los votos; en las sociedades iniciáticas, el
individuo es "bautizado".
Por elevación de su pensamiento tradicional, esta
sociedad no puede tener objetivos políticos o
religiosos, ya que evita cualquier forma de dogmatismo.
Es tolerante y sólo tiene reivindicaciones espirituales.
Los símbolos hablan y se transmiten según el grado de
desarrollo espiritual del individuo. Bajo la apariencia
visible se penetra la esencia de los seres y de las
cosas. La escultura arquitectónica llena todo el espacio
que le está destinado sin preocuparse de las
proporciones reales; los capiteles forman a menudo una
serie y deben ser descifrados de norte a sur en el
sentido de las agujas del reloj, pues están ordenados de
tal modo que su emplazamiento preciso juegue con la luz
y las sombras.
Toda religión ha velado sus enseñanzas; Clemente de
Alejandría decía que "los misterios no deben ser
revelados más que en un auditorio examinado de forma
oral y no mediante escritos". Los druidas transmitían
sus enseñanzas por vía oral; Jesús se expresaba mediante
parábolas y San Mateo dijo (VII, 6): "No arrojéis
vuestras palabras a los cerdos".
De este modo, el símbolo, lenguaje mudo, define el
edificio religioso, sometido a la ley de lo ternario. En
realidad se trata de una compleja red de influencias,
tradiciones y costumbres en la que el pasado se
incorpora al presente y cada detalle tiene su
importancia. Los signos se multiplican e invaden todo el
espacio. El triángulo equilátero es el de la Divinidad,
pues posee todas las perfecciones, pero también se
trabaja con el escaleno y, sobre todo, con el de
Pitágoras. Para subir al altar, hay tres escalones y
para acceder al pórtico hay tres, cinco o siete
peldaños, siempre un número impar.
El círculo participa en el trazado regulador; el rosetón
-o la rosa- es circular. Esta forma, absoluta e
inmutable, es la imagen de un inicio sin fin; significa
la eternidad. Su centro es el principio generador.
Aparte de las formas geométricas simples, los siete
metales se asocian a las doce casas astrológicas... Sus
atribuciones, retomadas por la Iglesia romana, se
encuentran ya en las doctrinas del mitraísmo.
El cristianismo tuvo muchas influencias de las
religiones anteriores, particularmente del druidismo,
que permaneció activo hasta el siglo VI de nuestra era.
Ceremonias como la de la misa, las vestiduras
sacerdotales o la forma de nuestros primeros templos se
encuentran ya en el pasado pagano. La catedral se
edifica en el emplazamiento de un templo idólatra o de
un menhir. El mito de la serpiente o el culto a la diosa
madre, ya existían en civilizaciones muy antiguas, en
todos los continentes. La cripta es el templo mágico; al
igual que la cueva situada bajo la montaña sagrada
poseía una cámara secreta.
Los libros sagrados de todas las religiones muestran
esta universalidad de los cultos; las misma actitudes
religiosas se alimentan de los mismos símbolos atávicos.
En este simbolismo, el claustro -lugar intermedio entre
la iglesia y el monasterio- toma la forma de un cuadrado
con una fuente central; los jardines, que representan el
tercer recinto, dan paso a la Jerusalén celestial.
El arquitecto debe sacar a la luz esta sabiduría, debe
inspirarse en el pensamiento tradicional para poderla
transmitir, pues su función es la de mensajero.
La Piedra y la Talla
Victor-Émile Michelet en Le secret de la chevalerie,
escribe: "Aquellos que tallaron la piedra inscribieron
el eco de la Palabra Perdida en el silencio secular de
la piedra que escucharán los predestinados".
Almazán nos recuerda: "En cuanto al nombre hebreo de
Dios, el tetragránmaton JHVH (Yod-He-Vav-He), que es
impronunciable al carecer de vocales, los ocultistas
dicen que es la clave cabalística de la llamada Palabra
Perdida, que los masones identifican con el verdadero
nombre de Dios, y que se revela ritualmente en la
Masonería del Arco Real, de la Bóveda Sagrada o del
Cuarto Grado (la esencia suprema masónica). En 1764 ya
revelaba Lorenzo Dermott en su Ahiman Reson que la
Palabra Perdida de Hiram es la pronunciación kabalística
correcta del tetragrámaton".
El arte de la talla es decisivo e importante en toda la
estructura de la construcción. Los rituales que
realizaban los maestros talladores eran los más
estrictos; este oficio, junto con el de los carpinteros,
es el que guarda el valor iniciático más perfecto,
rigurosamente transmitido.
Dice Bayard "La piedra cuadrangular se orienta como la
piedra del altar, hacia los cuatro puntos cardinales.
Mahoma venera la piedra angular, según las palabras de
Isaías (XXVIII, 16-17): "He aquí que he puesto en Sión
por fundamento una piedra, piedra probada, piedra
angular y preciosa, sólidamente asentada; el que en ella
se apoye no titubeará. Y del derecho haré regla y de la
justicia haré nivel".
La piedra angular se incorpora al edificio como parte
superior de la bóveda celeste, y también como la "piedra
rechazada" por los constructores; se convierte en la
"cabeza angular" de la Escritura. San Mateo reproduce
así la palabra de Jesús (XXI, 42): "La piedra que los
edificadores habían rechazado, ésa fue hecha piedra
angular; del Señor viene esto, y es admirable a nuestros
ojos".
En el ritual de la masonería de Las Marcas, se dice: "La
piedra que habían rechazado los constructores ha pasado
a ser la piedra maestra angular". De hecho, la clave de
la bóveda debe ajustar con precisión absoluta en el
resto de la construcción y, en estos ritos de
francmasonería, constituye la prueba de capacidad del
candidato.
René Guénon, en Le Pierre angulaire, nos habla de la
piedra angular y de la clave de la bóveda: "Es,
propiamente, la piedra que "termina" o "corona" un
edificio; y es también un capitel, que es el
"coronamiento" de una columna".
Guénon observa que esta piedra sólo puede ser colocada
desde las alturas, desde el exterior, lo que nos indica
su carácter celeste. Por esta razón, el eje que
atraviesa este orificio es el axis mundi, muy a menudo
materializado en una plomada.
En la pieza maestra se deja la marca personal, la firma
secreta que testimonia el poder creador del hombre.
Estas marcas son idénticas a la famosa "piedra blanca"
mencionada por el escritor Gerard de Nerval en su
admirable Viaje a Oriente. La piedra totémica; simboliza
la eternidad, la sabiduría. Tallada a imagen del hombre,
se convierte en estatua e incluso puede tener espíritu.
La piedra, antes de integrarse en las fastuosas
catedrales, encierra en sí misma grandes secretos: la
riqueza y la fuerza de los tres reinos. Esta raíz de la
humanidad. Es el fruto de la unión entre el cielo y la
tierra y representa la vida y lo sagrado, una realidad
absoluta que hace vibrar los santuarios más herméticos.
El
simbolismo de las herramientas
Bayard nos dice sobre el simbolismo de las herramientas
que "la forma simbólica de la herramienta crea un orden
de fuerza, un poder mágico que hechiza. Las herramientas
son adoradas: no sólo se han de cuidar, sino que hay que
aprender a emplearlas con amor, en el respeto de la
tradición; la herramienta es el reflejo de la persona
que la ha creado. El maestro, al entregar su obra,
destruía todas las herramientas que había utilizado en
el transcurso de su trabajo. La herramienta es la
prolongación de la mano, se cuida y se decora; el útil
es un talismán de buena suerte para quien lo posee. El
principiante sólo podrá servirse de ellas tras un largo
aprendizaje. El taller se convierte en un santuario; en
él se trabaja al tiempo que se reflexiona y se medita.
De la repetición de los mismos gestos nace una amistad
entre los miembros de un mismo oficio, confraternidad
que desemboca en un acto espiritual. Esta acción de
realización interior es lo que constituye la base de los
rituales iniciáticos, que tienen como objeto el
perfeccionamiento del individuo mediante la unión del
gesto y el pensamiento. Los útiles son la escuadra y
compás, a los que hay que añadir la herramienta que
distingue la profesión, con lo que suman tres quedando
de este modo cargadas de un simbolismo de gran alcance".
La
planta de las iglesias
Bayard señala que "se establece en función del culto,
del simbolismo religioso y de la fe de los fieles. Antes
de la época medieval, el templo era concebido en forma
de rectángulo, generalmente con tres recintos; después
se estableció la planta de cruz latina, por imitación
del Templo de Salomón. Las basílicas antiguas pueden
tener una planta rectangular o un sistema de cruces
diversas, tal como se observa en Armenia. Hay ejemplos
de formas hexagonales, octogonales, circulares, recintos
triples con pasillos circulares, espirales y laberintos,
pero ninguna planta ha sido impuesta por la liturgia.
No obstante el santuario es también la gruta, el centro
iniciático por excelencia. Tiene el poder mágico de la
cueva. Es un lugar donde se recibe vida y donde el
cuerpo es enterrado; todo nace en esta matriz y todo
retorna a ella. Jesús, Mitra, Zeus, Hermes, Lao-Tse y
otros dioses nacen y son inhumados. Todos los que poseen
una fe común y son perseguidos se reúnen en cuevas, lo
que hace decir al inquisidor Bernardo Gui (1263-1331):
"Durante mucho tiempo, los herejes han permanecido
rebeldes a la luz, ocultándose ora en las montañas, ora
en grutas y cuevas, como hacen los búhos y los hijos de
las tinieblas".
Para aquel dominico cruel, experto en la persecución sin
piedad de los herejes, autor de un Manual del
Inquisidor, las cuevas sólo podían ser las claraboyas
del infierno.
El mundo subterráneo en el que el sistema neural del
neófito entra en contacto con las fuerzas telúricas, es
el de la inmensa Paz, el del recogimiento a salvo de los
ruidos y sucesos exteriores. En este aislamiento, el
hombre puede concentrarse, meditar, orar; su pensamiento
se regenera.
Los
Cupulinos
Nos explica Bayard: "Las linternas (o cupulinos) de los
muertos son pequeñas construcciones emplazadas en los
cementerios, generalmente aisladas o situadas sobre un
edificio. Más altas que anchas y abiertas por los lados,
terminan en una lucernario o un campanil calado, de
forma piramidal o cónica, a menudo con una cruz o un
florón de piedra. Estas construcciones, románicas o
góticas, aparecen a partir del siglo XII y desaparecen
al final de la Edad Media. Tienen una función de
vigilancia; en ellas se mantiene una llama continuamente
encendida, que es a la vez una oración y un exorcismo:
ahuyenta a los malos espíritus. Esta luz preserva a los
vivos, vela sobre los difuntos y obliga a tener
presentes a los antepasados. Quizás sean las "lámparas
inextinguibles".
Laberintos y las criptas
Según nos dice Marcellin Berthelot, en La Grande
Encyclopédie, "una figura cabalística que se encuentra
al principio de ciertos manuscritos alquímicos y que
forma parte de las tradiciones mágicas atribuidas al
nombre de Salomón. Es una serie de círculos
concéntricos, ininterrumpidos en ciertos puntos, de
manera que forman una trayectoria chocante e
inextricable".
La imagen del laberinto se nos presenta, pues, como
emblemática del trabajo entero de la Obra -nos dice
Fulcanelli-, con sus dos mayores dificultades: la del
camino que hay que seguir para llegar al centro -donde
se libra el rudo combate entre dos naturalezas-, y la
del otro camino que debe enfilar el artista para salir
de aquél. Aquí es donde necesita el hilo de Ariadna, si
no quiere extraviarse en los meandros de la obra y verse
incapaz de encontrar la salida".
Fulcanelli, apoyándose en la cábala, proporciona "a los
investigadores sagaces algunos datos sobre el valor
simbólico del famoso mito", en El misterio de las
catedrales, asociando Ariane a la forma de airagne
(araña), esa araña que representa a nuestra propia alma
que teje nuestro cuerpo...
Dice Bayard que el dibujo simbólico del laberinto "ya
era apreciado por los griegos y figuraba en las monedas
y en los santuarios egipcios --.
Los laberintos del interior de las catedrales, en forma
de intrincada red de meandros, ya no son construidos en
las profundidades de la tierra, sino a ras de suelo.
Suelen tener forma circular, pero los hay que son
octogonales e incluso cuadrados. El más conocido es el
de Chartres. El laberinto de Saint-Quentin, se dice que
cuando los Santos Lugares se hicieron inaccesibles, el
peregrinaje a Tierra Santa fue reemplazado de forma
simbólica por el recorrido, de rodillas, en este
laberinto.
El laberinto es seguramente un mándala (que en idioma
sánscrito quiere decir círculo). Es preciso alcanzar la
zona del centro, lugar del eterno descanso que anima
todo lo que se sitúa en la periferia. El Minotauro es
parte de una etapa necesaria en el proceso de
iniciación; su sangre regenera al que consigue
dominarlo. El laberinto simboliza el camino de la vida;
es el viaje iniciático que conduce de lo profano a lo
sagrado.
Atienza nos recuerda en lo que a las Criptas se refiere
que; "no faltan estudiosos que insisten, y no sin razón,
en que muchos monasterios y templos se levantaban sobre
lugares de poder marcados por el cruce de corrientes
energéticas de la Tierra. En algunos casos, las columnas
de ciertas criptas cumplían la función de agujas de una
acupuntura terrestre, obrando, lo mismo que los menhires
de la protohistoria, como conductores de las energías
telúricas, para que éstas actuasen sobre quienes oraban
o meditaban en aquellos antros especialmente sagrados,
buscando absorber la fuerza espiritual que transmite la
Madre Tierra a quienes saben buscarla y aprovecharla."
El
emplazamiento y forma en que se ha de construir un
Templo
Dice Bayard; que La iglesia que domina el pueblo se
levanta sobre un cerro al igual que los dólmenes
dominaban las zonas circundantes; la palabra es revelada
sobre la montaña sagrada; hay que subir los peldaños de
una escalera para alcanzar el lugar santo. En lo alto de
la colina suele haber una fuente. Por lo general, las
iglesias poseen pozos y, muy curiosamente, cerca de
ellos suele velar una Virgen negra.
Para el emplazamiento original de la construcción ¿no se
buscaría una fuente, un pozo? Para emprender la
construcción de pozos muy profundos hay que disponer de
excelentes zahoríes y no tener miedo a iniciar trabajos
costosos y azarosos. ¿No indica esto una obligación
litúrgica? Todo esto me lleva a pensar en las aguas
vivas del bautismo, en las corrientes telúricas y en los
campos de fuerza.
La elección del emplazamiento del templo lleva a la
determinación del centro, del punto en el que se levanta
el altar. Todo empieza en este núcleo del edificio y
todo regresa a él. En el confluyen las fuerzas de
atracción y emanación. Todo el edificio se ordena
alrededor de este eje, un centro más del mundo. Mircea
Eliade demuestra que la construcción del templo, de las
casas y de la ciudad era solidaria con el mito
cosmogónico: "Así como el Universo visible se desarrolla
a partir de un Centro y se extiende hacia los cuatro
puntos cardinales, así el pueblo se constituye alrededor
de un cruce de caminos". Como veremos -sigue diciéndonos
Bayard- a partir del trazado regulador del edificio,
todos estos círculos trazados con el triángulo y el
cuadrado inscritos ¿no corresponden a la emoción del
arquitecto que, al contemplar la obra, llega a un estado
espiritual de desdoblamiento? En la superación de su
conciencia el creador se impregna de formas que le
conducen a la búsqueda de la unidad divina. El
emplazamiento, vinculado a las fuerzas terrestres,
depende también de las fuerzas cósmicas. El lugar está
relacionado con las constelaciones. Basándose en la
astrología, Jean Richer trazó una serie de mapas en los
que las influencias de unas ciudades sobre otras se
explican a partir de las constelaciones.
Encontrar el
emplazamiento justo no es tarea fácil y, sin embargo,
las elecciones de los antiguos parecen muy acertadas:
rigurosos análisis (como los de Jean Richer) y los
aparatos de detección confirman que estos puntos están
determinados por radiaciones y corrientes. Los fieles se
reúnen en un lugar sometido a las emanaciones de una
poderosa fuerza cósmica, a una irradiación saludable. El
lugar sagrado no es escogido por el hombre, es
descubierto por él".
Nos indica Bayard para explicar la consagración de los
cimientos que por otro lado, "todo nos hace pensar que
los primeros lugares de culto fueron parajes naturales.
Los bosques, las rocas, las fuentes y las cuevas eran la
morada de las divinidades. Las pinturas rupestres, con
su empleo del color rojo ocre, hacen pensar en un culto
basado en el sacrificio y en el valor de la sangre; la
piedra misma es la morada de un dios y, de una manera
general, un espíritu -como el de la muerte- puede
introducirse mágicamente en la piedra. El edificio se
beneficia de la presencia de espíritus que ayudan a los
humanos.
El simbolismo de la cabeza cortada se observa en los
ritos de construcción. Tarquino el Soberbio, séptimo y
último rey de Roma, hizo edificar un templo dedicado a
Júpiter; durante el asentamiento de los cimientos
encuentra la cabeza aún ensangrentada de un hombre y a
partir de entonces este edificio se llama "Capitolio".
En muchos cuentos, las cabezas de los muertos hablan y
aconsejan a los vivos, tal es el caso de las leyendas
bretonas. Al pie de los megalitos se han encontrado
numerosos huesos rotos y sabemos que los celtas
golpeaban el cráneo del muerto con la ayuda de un
"martillo bendito". El entierro de una cabeza santa, aun
sin el cuerpo, santificaba el lugar.
Los cimientos del edificio religioso son así bendecidos
mediante un rito mágico que con frecuencia se basa en la
colocación de una cabeza, receptáculo de todos los
misterios, sede de la iluminación interior. La cabeza
del muerto emana una energía cósmica; el muerto, que ha
conocido nuestro mundo, se encuentra ahora en otro medio
y, de este modo, puede aconsejarnos.
Para propiciar la fuerza benévola de los espíritus
invisibles, particularmente el de las divinidades
subterráneas, es necesario sacrificar a un hombre: la
sangre que riega la tierra es una verdadera ofrenda, muy
del agrado de los dioses. Al verter su sangre, Jesús
redimió nuestros pecados. Se sacrifica a los siervos,
pero también sirven las cabezas de los enemigos muertos
en combate, pues éstos, vencidos, se convierten en
amigos y protectores, como lo son los fieles sirvientes.
Este sacrificio, un rito corriente, no puede ser
considerado un suplicio: la víctima, orgullosa de
convertirse en un espíritu guardián, acepta entrar en el
espíritu de la construcción, donde su doble espiritual
protegerá a sus compañeros.
La inmolación de seres humanos y animales (caballos,
toros, ovejas) está presente en todas las civilizaciones
arcaicas. Se puede enterrar a un hombre bajo los
cimientos -los llamados "pilares humanos"-, pero también
se puede mezclar su sangre en la tierra o en el agua que
después servirá para fabricar ladrillos o tejas.
La práctica del sacrificio humano ha sido demostrada por
los arqueólogos. La Biblia sólo habla de ella por boca
de Josué (VI, 26) y en el Libro I de los Reyes (XVI,
34), pero es indudable la existencia de reminiscencias
de estos ritos en las inmolaciones de gallinas y
corderos. La Biblia menciona con cierta frecuencia los
sacrificios de toros y ovejas, como cuando David instala
en el monte Sión el arca de Yahvé o cuando Salomón
inaugura el Templo.
Las construcciones e inauguraciones de los templos han
estado rodeadas de ritos muy complejos destinados a
sacralizar el lugar. Estando ya exorcizado, este terreno
es el lugar concreto donde se debe reconstruir el nuevo
templo que sucede al anterior y que se beneficia de las
purificaciones antiguas, pues la magia sigue activa".
Reconoce Bayard que; "Ignoramos los motivos que llevaron
a escoger un determinado emplazamiento sobre el que los
templos se fueran reconstruyendo sucesivamente. Podemos
pensar en las corrientes telúricas, pero nuestros
antepasados ¿tenían la posibilidad de medir eficazmente
esos influjos?" Sobre esas intensidades vibratorias,
dice Bayard: "podemos pensar que nuestro cerebro es
capaz de registrar informaciones sensoriales de manera
intuitiva o telepática; la radiestesia ha materializado,
sin duda, un efecto de la polaridad. En los últimos
tiempos, muchos grupos han querido estudiar
racionalmente las radiaciones emitidas en un determinado
lugar y, de hecho, se han concebido diversos aparatos
para escuchar la enseñanza de la geografía sagrada. En
Suiza existe un Instituto de investigación geobiológica,
fundado por Blanche Merz en Chardonne, que ha escrito
diversas obras en las que demuestra la importancia de
los cursos de agua, principalmente en Chartres y en las
rutas de peregrinación. Ya en 1935, Charles Diot había
escrito les Sourciers et les monuments mégalithiques
(los zahoríes y los monumentos megalíticos), hasta tal
punto es cierto que estos monumentos, realmente
enigmáticos, parecen ser mojones que señalan corrientes
subterráneas. Sin embargo, ignoramos las verdaderas
razones que han hecho que un sitio se prefiera a otro
(quizá sea la proyección de las constelaciones sobre el
terreno, como sugiere Jean Richer). El "alma del lugar"
permite erigir diversos templos en el mismo sitio y los
fieles experimentan estos influjos, que les proporcionan
las mejores condiciones para el recogimiento y la
oración, aunque no puedan ser medidos con precisión".
Dice Bayard que "el imago mundi y el simbolismo del
centro materializan el mito cosmogónico con su
orientación ritual. Todos los edificios religiosos están
orientados. Desde las pirámides egipcias y mexicanas
hasta los templos hindúes y chinos, en todos ellos
encontramos la preocupación por situar el templo en una
posición y orientación determinadas.
Como indica Émile Mâle, a partir de las Constituciones
apostólicas, la Iglesia romana y católica orienta sus
iglesias sobre el eje que va de levante a poniente; el
templo toma, a menudo, la forma de cruz latina; el coro
se sitúa hacia oriente, mientras que el pórtico se abre
hacia occidente.
Todas las iglesias de la antigüedad se abren hacia la
parte de poniente, mientras que el coro está orientado
hacia el lugar por donde sale el sol en el día del
aniversario del santo a quien a sido dedicado el
santuario. Todas las iglesias dedicadas a la Virgen
están orientadas hacia el punto en que el sol se levanta
el 15 de agosto.
La parte norte es la región del frío y según las
creencias de las tinieblas, donde reinan y habitan las
fuerzas del mal. Sin embargo, según la tradición, Thule
es el centro nórdico de excelencia; la nueva religión
que ahora se implanta lucha contra la mitológica que
venera esta región del polo y que podemos asimilar al
Antiguo Testamento; por el contrario, las nuevas
revelaciones se efectúan a la luz del Nuevo Testamento y
se sitúa en el sur, donde el sol alcanza su apogeo.. El
baptisterio se coloca por ello en el lado norte, a la
entrada de la iglesia; Y aquel que quiere introducirse
en la religión Cristiana como procede del mundo de las
tinieblas debe de someterse a un proceso de purificación
mediante la acción del Bautismo para asi poder acceder
al mundo de la luz. La fachada oeste, que es por donde
pasan los fieles, mira hacia el mundo de los muertos,
que es el lugar por donde se oculta el sol; esta fachada
es decorada con escenas del Juicio Final, un lugar donde
puede reposar la cabeza y el cuerpo del que ha dejado
este mundo.
Según Fulcanelli: "todas las iglesias tienen el ábside
orientado hacia el sudeste; la fachada, hacia el
noroeste, y el crucero, que forma los brazos de la cruz,
de nordeste a sudoeste. Es una orientación invariable,
establecida a fin de que fieles y profanos, al entrar en
el templo por Occidente y dirigirse hacia el santuario,
miren hacia donde sale el sol, hacia Oriente, hacia
Palestina, cuna del cristianismo. Salen de las tinieblas
y se encaminan a la luz".
Y Bayard haciendo referencia a la Luz nos dice“simboliza
la naturaleza misma de la divinidad. Todas las
doctrinas, todos los misterios, todas las iniciaciones,
reflejan esta búsqueda de la Luz. Buda es el “Rey de las
Cien Luces”, Juan rinde “culto a la Luz”, los
francmasones son los “Hijos de la Luz”, lo mismo que los
esénios. Esta luz indefectible, citada tanto en el Zohar
como en el Corán, el Bhagavad Gita, ha dado origen a
esas lámparas inextinguibles que encontramos en las
leyendas románicas, pero también en el viaje de San
Brendan y en la tumba de Christian Rosenkreutz. La llama
brilla continuamente sobre el altar cristiano; es el
ritmo primitivo que crea una vibración etérea.
La luz que brilla en las tinieblas representa el
Espíritu, la Vida, la transmisión del pensamiento. La
luz se eleva por oriente y se pone por occidente; el
astro, al renacer, produce la iluminación. El sol, en su
recorrido, pasa por el sur, por la plenitud de la vida,
y desciende y muere por el oeste, la tierra de los
muertos. Así, existe el día y la noche, la luz y las
tinieblas, con las transiciones de la aurora y del
crepúsculo.
Después de estos tres puntos cardinales –este, sur,
oeste- ¿cómo situar el norte? ¿Cómo relacionar nuestra
tradición con la estrella Polar tan bien definida por
René Guénon? Henry Corbin ha estudiado esta dimensión
vertical, que va del nadir al cenit, con su luz del
norte. “Sol de medianoche, resplandor de la aurora
boreal. Ya no es el día el que reemplaza a la noche, ni
la noche la que sucede al día. Es el día el que irrumpe
en plena noche y el que convierte en día esta noche que,
a pesar de todo, siempre está ahí, pues es una Noche de
luz”.
Esta luz está simbolizada por el cirio, la llama. Hay
que tener en cuenta que según las sociedades secretas el
resplandor de la Luz atraviesa la opacidad del alma. El
enigma de la luz, es fuente de la vida espiritual y del
conocimiento...
La
alquimia
Fulcanelli nos dice: "Edificadas por los Frimasons
medievales para asegurar la transmisión de los símbolos
y de las doctrinas herméticas, nuestras grandes
catedrales ejercieron, desde su aparición, considerables
influencias sobre gran número de muestras más modestas
de la arquitectura civil o religiosa.
Bayard nos dice que; “los alquimistas asignaron nombres
muy particulares a las coloraciones variadas que
marcaron sus investigaciones y que reencontramos en los
monumentos. El fuego sagrado –agente de la
transmutación- actúa sobre la mezcla contenida en el
huevo de cristal, el atanor: la materia se vuelve negra
al cabo de cuarenta días; es el estadio de la “Cabeza de
cuervo” o del “Caos”. La materia toma después una
coloración blanca, que significa que la vida ha vencido
a la muerte; el blanco señala la unión de lo fijo con lo
volátil. A continuación, aparecen colores variados en
relación ascendente dentro del espectro luminoso, del
violeta al rojo púrpura, coloración definitiva de la
obra.
Los tres colores Alquímicos son; el negro, el blanco y
el rojo (colores del estandarte o bandera templaria).
Estos colores del fuego de Agni, custodiado por los
sacerdotes que sostiene un gran cuerno negro. Estos
ritmos de transformación crean colores tales como el del
pavo real y el fénix o la paloma.
Aunque San Juan Bautista fuera vestido de violeta
(simbólicamente), hay que tomar en consideración el
negro, que no es el símbolo de la muerte, de la
desesperación ni del caos. Osiris fue un dios negro, que
tomaba ese color sólo cuando ejercía de juez; Krisna es
azul muy oscuro casi negro se podría decir y en la
catedral de Saint-Flour existe un Cristo negro, sin duda
a imagen de las Vírgenes negras, descendientes de las
diosas de la fecundidad.
En la piedra negra de La Meca, el color negro simboliza
el bautismo hacia lo superior; con frecuencia asociado
al verde, se presenta como sustancia eterna y creadora.
Simboliza la divinidad que regenera al hombre en las
entrañas de la tierra madre y le comunica una nueva
visión del mundo y de la vida: La vida procede de la
muerte y de la muerte brota la vida.
Fulcanelli nos dice: (Explicando la colocación y
características de iluminación y dimensiones de los
rosetones en las Iglesias), "De esta manera se suceden,
en las fachadas de las catedrales góticas, los colores
de la Obra, según una evolución circular que va desde
las tinieblas -representadas por la ausencia de luz y el
color negro- a la perfección de la luz rubicunda,
pasando por el color blanco, considerado como
"intermedio entre el negro y el rojo".En la Edad Media
el rosetón central se llamaba Rota, la rueda. Ahora
bien, la rueda es el jeroglífico alquímico del tiempo
necesario para la cocción de la materia filosofal y, por
ende, de la propia cocción. El fuego mantenido,
constante e igual, que el artista alimenta noche y día
en el curso de esta operación, se llama, por esta razón,
fuego de rueda. Sin embargo, además del calor necesario
para la licuefacción de la piedra de los filósofos, se
necesita un segundo agente, llamado fuego secreto o
filosófico. Es este último fuego, excitado por el calor
vulgar, lo que hace girar la rueda y provoca los
diversos fenómenos que el artista observa en su redoma:
El rosetón representa, pues, por sí solo, la acción del
fuego y su duración. Por esto los decoradores medievales
trataron de reflejar, en sus rosetones, los movimientos
de la materia excitada por el fuego elemental... En la
arquitectura de los siglos XIV y XV, la preponderancia
del símbolo ígneo, que caracteriza claramente el último
período del arte medieval, hizo que se diera al estilo
de esta época el nombre de Gótico flamígero.
Ciertos rosetones; tienen un sentido particular que
subraya todavía más las propiedades de esta sustancia
que el Creador selló con su propia mano. Este sello
mágico le dice al artista que ha seguido el buen camino
y que la mixtura ha sido preparada según los cánones. Es
una figura radiada, de seis puntas (digamma), llamada
Estrella de los Magos, que resplandece en la superficie
del compuesto, es decir, encima del pesebre en que
descansa Jesús, el Niño-Rey". Y termina diciendo
Fulcanelli, "este signo tiene el más alto interés para
el alquimista -¿acaso no es el astro que le guía y que
le anuncia el nacimiento del Salvador?-"...
Hablándonos de las formas, Fulcanelli nos dice que "con
raras excepciones, el plano de las iglesias góticas
-catedrales, abadías, etc.- adopta la forma de un cruz
latina tendida en el suelo. Ahora bien, la cruz es el
jeroglífico alquímico del crisol... Según Ducange, en el
latín de la decadencia, crucibulum, crisol, tenía por
raíz, crux, crucis, cruz.
Efectivamente, es en el crisol donde la materia prima,
como el propio Cristo, sufre su Pasión; es en el crisol
donde muere para resucitar después, purificada,
espiritualizada, transformada. Por otra parte, ¿acaso el
pueblo, fiel guardián de las tradiciones orales, no
expresa la prueba terrenal humana mediante parábolas
religiosas y símiles herméticos? -Llevar su cruz, subir
al Calvario, pasar por el crisol de la existencia, son
otras tantas frases corrientes donde encontramos un
idéntico sentido bajo un mismo simbolismo.
No olvidemos que, alrededor de la cruz luminosa vista en
sueños por Constantino, aparecieron estas palabras
proféticas que hizo pintar en su labarum: In hoc signo
vinces; Y por este signo vencerás. Recordad también,
hermanos alquimistas, que la cruz tiene la huella de los
tres clavos que se emplearon para inmolar al
Cristo-materia, imagen de las tres purificaciones por el
hierro y por el fuego. Meditad igualmente sobre este
claro pasaje de San Agustín en su Diálogo con Trifón
(Dialogus cum Tryphone, 40): "El misterio del cordero
que Dios había ordenado inmolar en Pascua -dice- era la
figura del Cristo, con la que los creyentes pintan sus
moradas, es decir, a ellos mismos, por la fe que tienen
en Él. Ahora bien, este cordero que la ley ordenaba que
fuera asado entero era el símbolo de la cruz que el
Cristo debía padecer. Pues el cordero, para ser asado,
es colocado de manera que parece una cruz: una de las
ramas lo atraviesa de parte a parte, desde la extremidad
inferior hasta la cabeza; la otra le atraviesa las
espaldillas, y se atan a ella las patas anteriores del
cordero (el griego dice: las manos).
La cruz es un símbolo muy antiguo, empleado desde
siempre, en todas las religiones, en todos los pueblos,
y se equivocaría quien la considerase como un emblema
especial del cristianismo. Diremos incluso que el plano
de los grandes edificios religiosos de la Edad Media,
con su adición de un ábside semicircular o elíptico
soldado al coro, adopta la forma del signo hierático
egipcio de la cruz ansada, que se lee ank y designa la
vida universal oculta en las cosas. Por otra parte, el
equivalente hermético del signo ank es el emblema de
Venus o Ciprina (en griego la impura), el cobre vulgar
que algunos han traducido por bronce y latón. "Blanquea
el latón y quema tus libros", nos repiten todos los
buenos autores, impura, en griego, es la misma palabra
que azufre el cual, en este caso, tiene la significación
de estiércol, excremento, basura. "El sabio encontrará
nuestra piedra hasta en el estiércol -escribe el
Cosmopolita-, mientras que el ignorante no podrá creer
que se encuentre en el oro".
Y es así como el plano del edificio o templo cristiano
nos revela las características de la materia prima, y su
preparación, por el signo de la Cruz; Teniendo como
resultado para los alquimistas la obtención de la
Primera piedra angular de la Gran Obra filosofal.
Signos lapidarios y Marcas de cantería
Bayard nos dice que; "Sobre todas estas construcciones
se observan marcas y señales que parecen misteriosas;
interpretarlas suele excitar nuestra imaginación. Estas
marcas no son exclusivas de la construcción medieval;
Jean-Flippe Lauer ha observado en el transcurso de las
excavaciones que al pie de la pirámide de Keops, en los
bloques había numerosos signos, al igual que en la
"Tumba de la Cristiana", en Argelia. Generalmente se
trata de las marcas dejadas por los obreros que
trabajaron a destajo, lo que permite determinar el
número de obreros que trabajaron en la construcción. En
los castillos y las fortalezas -entre ellas los Krak de
Siria- también se ven estas inscripciones.
También hay "marcas de posición", que permiten indicar
la posición de la pieza tallada y situar las junturas
del armazón, así como el asiento de las piedras. Gracias
a este código (números, letras y signos) se pueden
situar fácilmente las piezas en el lugar determinado.
Por último, existe una serie de marcas más misteriosas
que sólo pueden comprenderse a partir de un estudio
simbólico. Estas marcas son particularmente numerosas en
las lápidas sepulcrales".
Juan G. Atienza nos dice refiriéndose a las marcas de
cantería:
"Según ha pretendido demostrarnos la investigación
racionalista, los canteros medievales, con sus marcas
sobre la piedra, trataban de establecer una especie de
contabilidad para valorar el trabajo cotidiano y cobrar
su soldada de acuerdo con la labor realizada.
Afortunadamente, en los últimos tiempos se ha ido
olvidando esta especie de explicación primaria y ya se
celebran congresos y se realizan estudios llenos de
seriedad científica donde se reconoce, cuando menos, que
estas marcas de identificación de los constructores
medievales era algo más que un simple recibo o un mero
cómputo de trabajo. Sin embargo, la explicación todavía
más corriente entre los actuales estudiosos de estas
marcas gliptografías es el reconocimiento de que se
trataría de marcas gremiales, adoptadas por las
distintas logias de constructores para dar cuenta y
razón de su obra; algo parecido a los carteles grabados
en piedra en algunos edificios, en los que el arquitecto
pone su nombre para que se recuerde quién lo ha
construido.
El problema, a la hora de aceptar esta última explicación autorizada, surge cuando se comprueba
cómo muchas de estas marcas canteriles coinciden con
esquemas plásticos que formaron parte de las
preocupaciones del ser humano cuando el hecho de labrar
la piedra era algo más que un oficio y se convertía en
un acto trascendente, en un mensaje destinado a ser
recordado mucho más allá de la vida de su autor. Los
petroglifos protohistóricos que se encuentran en las
costas atlánticas, atribuidos a los pueblos celtas,
aunque seguramente en su mayoría fueron realizados antes
de su aparición, son, también contra las explicaciones
simplistas de la investigación académica, empeñada en
identificarlos con simples relaciones de cabezas de
ganado o con esquemas de cualquier artilugio de uso
cotidiano, auténticos mensajes en los que algunos de
nuestros más remotos ancestros trataron de darnos cuenta
de unos conocimientos que todavía no hemos llegado a
captar.
Pudo tratarse de saberes astronómicos, de
operaciones matemáticas, de mensajes semánticos por los
que se comunicaban ideas o incluso creencias, pero sería
algo totalmente antinatural pensar seriamente que
aquellos antepasados se hubieran dedicado a contar algo
tan perecedero como vacas u ovejas valiéndose de una
técnica tan absolutamente perenne como es la piedra
grabada por el buril. Del mismo modo cae la idea de las
piedras de los canteros, supuestamente grabadas para dar
cuenta del trabajo cotidiano de cada oficial, cuando
habría sido infinitamente más fácil y hasta útil haber
realizado aquellas marcas valiéndose de pintura o de
carboncillos".
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