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La historia del Dios Sol
contenida en casi todas las religiones
anteriores al Cristianismo es la siguiente: su
vida queda enmarcada dentro de los seis primeros
meses del año solar, quedando los seis restantes
dedicados a la protección general. Su nacimiento
tiene lugar siempre en el solsticio de invierno,
en la madrugada del día 25 de diciembre, cuando
el signo Virgo asciende en el horizonte, por lo
que nace siempre de una virgen que ya lo era
antes del parto y permanece inmutable después de
él.
El Dios Sol viene a la vida débil, como un niño,
en los días más cortos del año y cuando la
oscuridad de la noche amenaza su tierna
infancia. El dominio de las tinieblas de la
noche supera al suyo en los primeros días, pero
consigue vencer todos los peligros y su reino de
luz va ganando espacio progresivamente hasta
que, llegado el equinoccio de primavera, lo que
supone la igualdad de horas de luz y de
tinieblas, traspasa, cruza la barrera y comienza
a dominar el reino de la luz, elevándose cada
vez más, triunfante y glorioso -asciende a los
cielos- y maduran el grano y el racimo con su
substancia, que después entrega a sus
adoradores. El Dios Solar nace siempre en el
solsticio de invierno y muere en el equinoccio
de primavera -fecha variable, pues depende de la
posición relativa del sol y de la luna- Tales
sucesos están repetidos en la vida de varios
dioses solares que precedieron a Cristo. Y, al
igual que a María, se le reconocía por ejemplo a
Isis ser en Egipto Reina del cielo, Madre de
Dios o Nuestra Señora Inmaculada, y se le
representaba de pie sobre una media luna,
coronada de estrellas y dando pecho a su hijo
Horus. La misma estampa se repite con Devaki y
su hijo Krisna, y con Istar de babilonia y su
hijo Tammuz.
Mitra, Horus, Krisna, Tammuz, Zaratustra y otros
más tuvieron al igual que Jesús, un nacimiento
de tipo divino. Entre los pueblos influidos por
la cultura céltica (gaélicos, escoceses,
bretones, gallegos, etc.), actualmente se
encienden hogueras el 25 de diciembre en honor a
Cristo, pero, con anterioridad, los celtas ya lo
hacían en honor a Baal, el Dios Sol, en la misma
fecha.
Es importante destacar la cronología de la
festividad de la Candelaria -el 2 de febrero-
exactamente dispuesta en el punto medio entre el
solsticio y el equinoccio y cuya Fiesta y
celebración consistían; en encender lámparas con
una clara intención simbólica de apoyo al
triunfo de la luz. En ese momento, el triunfo de
la Luz es, más que una promesa, una realidad
temprana.
Seguidamente, el comienzo de la Cuaresma, con la
imposición de una dieta estricta, trata
igualmente de debilitar el cuerpo (cuerpo =
pasiones = tinieblas), favoreciendo el triunfo
de la espiritualidad". |
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La muerte del Dios Solar
"La muerte y posterior resurrección del Dios
Solar en el entorno del equinoccio de primavera
son aspectos tan difundidos como el de su
nacimiento en el solsticio. En esa época se
recordaba la muerte de Osiris, a quien se la
representaba sobre un círculo con los brazos
abiertos en clara relación con los cuatro
elementos: pies en Cáncer (Agua), cabeza en
Capricornio (Tierra), brazos en Aries (Fuego) y
Libra (Aire). El hombre así representado es
aquel que integra en su esencia los cuatro
elementos. No había en dicha representación
ninguna connotación de dolor, sino más bien el
símbolo del triunfo y su actitud de brazos
abiertos era la de otorgar bendiciones.
Tammuz en Siria y Babilonia, Mitra en Persia,
Dionisio en Grecia y otros más eran igualmente
llorados a su muerte en la misma fecha.
Es igualmente interesante señalar que el período
que precede a la muerte en el equinoccio -la
Cuaresma-, en el que se imponía el ayuno, es una
figura instituida en todas esas mismas
civilizaciones anteriores al Cristianismo, en
las que se veneraba a un Dios Solar: Egipto,
México, Persia, Asiria y otras". |