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"Salomón,
hijo de David, recibe de Dios la misión de construir el
templo siguiendo las instrucciones del profeta Natán, al
que el Señor ha dado en sueños las indicaciones
necesarias. Hiram, rey de Tiro, amigo de su padre, le
aporta ayuda en materiales y, sobre todo, en obreros. Le
envía por ejemplo a Hiram el Fundidor. Un día, este
último se dispone a efectuar el vaciado del mar de
fundición de bronce para el Templo en presencia de
Salomón y de Balkis, reina de Saba, a la que Salomón
quiere seducir, a fin de casarse con ella. El pueblo de
Israel asistirá al vaciado.
Benoni, ayudante y fiel discípulo del maestro de obras,
ha sorprendido a la caída de la noche a tres obreros,
Fanor el sirio, albañil, Anru el fenicio, carpintero, y
Metusael el judío, minero, saboteando el molde del
futuro mar de bronce. Benoni advierte a Salomón de la
traición de los tres cómplices, pero el rey, celoso de
la admiración que Balkis siente ya por Hiram el
Fundidor, deja que prosigan los preparativos.
Al ponerse el sol, Hiram da la orden de proceder al
vaciado. Y el gigantesco molde en que debe fundirse el
mar de bronce y que ha sido manipulado se agrieta. El
metal en fusión surge bruscamente y salpica a la
horrorizada multitud. Benoni, desesperado por no haber
advertido personalmente a Hiram, se arroja entre la
ardiente lava.
Poco después, solo, abandonado de todos, Hiram sueña
ante su obra destruida. De pronto, de la fundición que
brilla enrojecida en las tinieblas de la noche se alza
una sombra luminosa. El fantasma avanza hacia Hiram, que
lo contempla con estupor. Su busto gigantesco está
revestido por una dalmática sin mangas; aros de hierro
adornan sus brazos desnudos; su cabeza bronceada,
enmarcada por una barba cuadrada, trenzada y rizada en
varias filas, va cubierta por una mitra de corladura
(plata dorada); sostiene en la mano un martillo de
herrero. Sus ojos, grandes y brillantes, se posan con
dulzura en Hiram y, con una voz que parece arrancada a
las entrañas del bronce, le dice:
- Reanima tu alma, levántate, hijo mío. Ven, sígueme. He
visto los males que abruman a mi raza y me he
compadecido de ella...
- Espíritu, ¿quién eres?
- La sombra de todos tus padres, el antepasado de
aquellos que trabajan y que sufren. ¡Ven! Cuando mi mano
se deslice sobre tu frente, respirarás en la llama. No
temas nada. Nunca te has mostrado débil...
- ¿Dónde estoy? ¿Cuál es tu nombre? ¿Adónde me llevas?
-pregunta Hiram.
- Al centro de la Tierra, en el alma del mundo habitado.
Allí se alza el palacio subterráneo de Enoc, nuestro
padre, al que Egipto llama Hermes y que Arabia honra con
el nombre de Edris...
- ¡Potencias inmortales! -exclama Hiram-. ¿Entonces es
verdad? ¿Tú eres... ?
- Tu antepasado, hombre, artista..., tu amo y tu
patrono. Yo fui Tubal Caín.
Llevándole como en un sueño a las profundidades de la
Tierra, Tubal Caín instruye a Hiram en lo esencial de la
tradición de los cainitas, los herreros, dueños del
fuego.
En el seno de la Tierra, Tubal Caín muestra a Hiram la
larga serie de sus padres: Enoc, que enseñó a los
hombres a construir edificios, a unirse en sociedad, a
tallar la piedra; Hirad, que supo antaño aprisionar las
fuentes y conducir las aguas fecundas; Maviel, que
enseñó el arte de trabajar el cedro y todas las maderas;
Matusael, que imaginó los caracteres de la escritura;
Jabel, que levantó la primera tienda y enseñó a los
hombres a coser la piel de los camellos; Juabel, el
primero en tender las cuerdas del cinnor y del arpa,
extrayendo de ellos sones armoniosos... Y por último, el
propio Tubal Caín, que enseñó a los hombres las artes de
la paz y de la guerra, la ciencia de reducir los
metales, de martillear el bronce, de encender las forjas
y soplar los hornillos.
Y transmitió a Hiram la tradición luciferina.
Al comienzo de los tiempos, dos dioses se reparten el
universo. Uno, Adonai, es el amo de la Materia y del
elemento Tierra, el otro, Iblis, es el amo del Espíritu
y del elemento Fuego.
Adonai crea al Primer Hombre del barro que le está
sometido y lo anima. Movido a compasión por el bruto e
incomprensivo que Adonai quiere convertir en su esclavo
y su juguete, Iblis y los Elohim (los dioses
secundarios) despiertan su espíritu, el dan la
inteligencia y la comprensión. Mientras Lilith, la
hermana de Iblis, se convertía en la amante oculta de
Adán, el Primer Hombre, y le enseñaba el arte del
pensamiento, Iblis seducía a Eva, surgida del Primer
Hombre, la fecundaba y, junto con el germen de Caín,
deslizaba en su seno una chispa divina. En efecto, según
las tradiciones talmúdicas, Caín nació de los amores de
Eva e Iblis o Samael (veneno supremo). Abel nacerá de la
unión de Eva y Adán.
Más tarde, Adán no sentirá más que desprecio y odio por
Caín, que no es su verdadero hijo. Aclinia, hermana de
Caín, que la ama, será entregada como esposa a Abel. Y a
pesar de ello, Caín dedica su inteligencia inventiva,
que le viene de los Elohim, a mejorar las condiciones de
vida de su familia, expulsada del Edén y errante por la
tierra. Pero un día, cansado de ver la ingratitud y la
injusticia responder a sus esfuerzos, se rebelará y
matará a su hermano Abel.
Para justificarse, Caín responde personalmente a Hiram.
Insiste sobre lo doloroso de su suerte. Sólo él
trabajaba la tierra, arando, sembrando, recolectando,
efectuando todas las labores penosas, mientras que Abel,
cómodamente echado bajo los árboles, vigilaba sin
esfuerzo los rebaños. Cuando les tocaba ofrecer los
sacrificios prescritos a Adonai, amo exterior de la
esfera terrestre, Caín elegía una ofrenda incruenta:
frutos, haces de trigo. Abel, por el contrario, ofrecía
en holocausto a los primogénitos de sus rebaños. Y,
presagio funesto, el humo del sacrificio de Abel subía
recto y orgulloso en el espacio, mientras que el del
fuego de Caín caía hacia el suelo, mostrando el rechazo
de Adonai.
Caín explica entonces a Hiram que, en el curso de las
edades, los hijos nacidos de él, hijos de los Elohim,
trabajarán sin cesar por mejorar la suerte de los
hombres, y que Adonai, lleno de celos, tras intentar
aniquilar a la raza humana mediante el Diluvio, verá
fracasar su plan gracias a Noé, advertido en sueños por
los Hijos del Fuego sobre la inminente catástrofe.
Al devolver a Hiram a los límites del mundo tangible,
Tubal Caín le revela que Balkis pertenece también al
linaje de Caín y que es la esposa que le está destinada
desde toda la eternidad.
Después, antes de la partida de la reina de Saba, Hiram
y Balkis se unirán en secreto, a pesar de la celosa
vigilancia de salomón. Hiram, descendiente de las
Inteligencias del Fuego, y Balkis, descendiente de las
Inteligencias del Aire, no podrán sin embargo permanecer
unidos. Hiram será asesinado por tres Compañeros,
deseosos de conocer indebidamente la contraseña de los
Maestros, con objeto de percibir el mismo salario que
ellos. El crimen tendrá lugar dentro del Templo de
Jerusalén en construcción, desierto en ese momento. Y
Balkis, al regresar al país de Saba, sin haber sido
nunca la esposa de Salomón, se cruzará, sin verlos, con
los tres asesinos, que se llevan el cadáver de Hiram
para enterrarlo en secreto.
Sólo se estremecerá en su seno el niño que va a nacer de
sus amores fugitivos con el Maestro Obrero, ese niño que
será más adelante el primero de los hijos de la viuda
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