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Obispo hereje
y mártir español: "Sucedió entrada la segunda mitad del
siglo IV, en la Hispania romana, cristianizada por una
Iglesia firme y poderosa. El revuelo lo levantó Higinio,
obispo de Córdoba, allá por el 378, al descubrir que en
la vecina Lusitania se realizaban ciertos ritos
dirigidos por un laico que contaba con el cariño de
otros clérigos, aunque olían de lejos a lo que el
prelado cordobés llamaba maniqueísmo, y otros, como el
obispo Hidacio de Mérida, gnosticismo. Pronto se
lanzaron anatemas sobre aquellos creyentes entregados a
cultos que ningún feligrés consciente repetiría sin
notar en su alma la huella más negra del pecado.
Javier Sierra y Jesús Callejo, en su libro La España
extraña, nos recuerdan que la fecha expuesta por Higinio
sobre la iniciación de Prisciliano a cargo de Marco de
Menfis, es totalmente falsa, pues Marco de Menfis vivió
antes de nacer Prisciliano. Ahora bien: con quien, al
parecer, sí tuvo contacto fue con dos de los discípulos
del de Menfis; su esposa Ágape, y Elpidio.
Interesaba que circulara esta mala imagen de
Prisciliano, de quién se creía que, desde su juventud,
practicó la magia", según Sulpicio Severo
corpus hermeticus de los gnósticos alejandrinos, la
libertad de interpretación de los textos sagrados, el
panteísmo emanista y naturalista, el uso de métodos y
sustancias psicodélicas, la vida comunitaria, la
igualdad entre hombres y mujeres, la desigualdad entre
personas y homúnculos y -en líneas generales- el eterno
retorno al cristianismo de los orígenes y la progresiva
ascendencia hacia formas impalpables de existencia".
Sulpicio Severo nos habla sobre Prisciliano. Dice; "era
agudo, inquieto, elocuente, culto y erudito, con
extraordinaria disposición para el diálogo y la
discusión... Podían verse en él grandes cualidades,
interiores y físicas. Podía mantenerse despierto largo
tiempo, soportando hambre y sed, poco ávido de bienes,
expresamente parco en su uso. Así mismo vanidoso y más
orgulloso de lo normal de sus conocimientos profanos;
incluso se cree que, desde su juventud, practicó la
magia". Atienza nos dice; "no le fue difícil encontrar
adeptos, tanto entre el pueblo, en la Gallaecia, como
entre la nobleza hispano romana y hasta entre una parte
del clero local, que vio en aquella postura una solución
frente a los casos de paganismo pertinaz con los que
debían enfrentarse en aquellos territorios".
Prisciliano y los suyos intentaron solicitar el apoyo
del Vaticano, ante el Papa Dámaso, y emprendieron camino
por la vía de Astorga a Burdeos, a lo largo de este
camino fueron "maravillosamente acogidos por los
ignorantes y esparcieron la semilla de la herejía". El
papa se negó a recibirlos; lo mismo sucedió con San
Ambrosio, obispo de Milán. Amenazados por todos los
poderes, Prisciliano y los suyos marcharon a Tréveris,
donde un sínodo de obispos inició contra ellos un juicio
igual a los que celebrarían varios siglos después los
tribunales del Santa Inquisición. Sometidos a tortura,
confesaron que practicaban maleficios y que se
entregaban a prácticas obscenas, orar desnudos y
reunirse con mujerzuelas. Así, desoyendo las súplicas
que elevó en su favor Martins de Tours, Prisciliano y
varios adeptos suyos fueron condenados en el año 385,
entregados al brazo secular y decapitados en Tréveris,
donde gobernaba Máximo, que compartía su imperio con
Graciano.
maleficium -brujería- murieron con él dos clérigos,
Felicísimo y Armenio; su acomodada amiga Eucrocia
(también llamada Ágape), viuda de Delfidio, y
Latroniano, un poeta cristiano de suficiente renombre
como para ser incluido en las Vidas de hombres ilustres,
de San Jerónimo".
Atienza nos dice: "En poco tiempo casi todo el tercio
occidental de la península Ibérica se habia convertido
al priscilianismo. Y, si no lo era, reverenciaba el
recuerdo de Prisciliano como si fuera uno de los santos
de la cristiandad. Por más que se hayan empeñado los
defensores de la catolicidad, ni las acciones de
limpieza que realizó Toribio de Astorga el primer siglo
de la dominación sueva en Galicia, ni los discursos de
San Martín Dumiense contra los veneratores lapidum
sirvieron de nada ante una devoción que ya rebasaba los
límites de sus fronteras territoriales. Sabemos que la
tumba del mártir hereje era masivamente visitada. Y
tienta preguntarse dónde se encontraba. Ya que no
existen documentos que puedan aportarnos pista alguna,
pero esa misma carencia documental ha quedado suplida
por las tradiciones que nos llevan de un lado a otro de
la antigua Gallaecia en busca de su emplazamiento.
Una tradición gallega sitúa la tumba de Prisciliano en
Santa Eulalia de Bóveda, al sur de Lugo; La iglesia de
Santa Eulalia tiene una cripta que antes de
cristianizarse; fue un ninfeo de tres naves con un
estanque de agua en la del centro. La bóveda se
encuentra llena de pinturas bien conservadas, en las que
abunda el tema de las aves encaradas rodeadas de
elementos vegetales. En la parte exterior se conserva un
relieve que representa una danza ritual y, al otro
extremo, una losa que la gente indica como el lugar de
la tumba de Prisciliano. En ella se ve un relieve; que
parece representar una figura sentada, cuyos brazos
hacen que nos recuerde la imagen de un mono.
“ Gallaecia fue lo que despertó el culto a Santiago
pocos siglos más tarde."
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